miércoles, 26 de febrero de 2014

Agenda semanal de actividades literarias

Todas las semanas el programa Bibliotecas para armar ofrece una serie de actividades gratuitas destinadas a promover el vínculo de las bibliotecas comunitarias con aquellas personas interesadas en formarse en temáticas vinculadas con el libro y la lectura. Además, brinda talleres especialmente pensados para niños y adolescentes.


Miércoles 26

 Historietas x la identidad
Se exhiben las historietas realizadas en el marco de la convocatoria de las Abuelas de Plaza de Mayo a guionistas y dibujantes para que contaran, a través de cuadritos, una historia concreta: la de un hermano o hermana (en algún caso unos primos) que quiere encontrar a uno o una de los 500 niños y niñas apropiados por la última dictadura militar.
Enero - Marzo
Plaza del lector Rayuela | Sala Leopoldo Lugones, Biblioteca Nacional, (Agüero 2502).

Proyección del film Shackleton (2º parte)
Reflexión Pública sobre la ciencia
A las 19 hs
Centro Cultural Rojas, Sala Batato Barea, (Av. Corrientes 2038).
Entrada gratuita

X un futuro. Arte Correo por la Memoria - 174 Artistas
La convocatoria de Arte Correo por la memoria consolidó el espacio de reunión de 174 artistas que formaron parte de la publicación de X un futuro cuando se cumplieron treinta años del golpe cívico-militar (1976-2006). En esta oportunidad se muestran todos los trabajos de los envíos en lenguaje postal, con propuestas de varios países europeos, latinoamericanos y de la Argentina, que atraviesan a distintas generaciones que vienen experimentando el arte correo y la poesía visual desde los años sesenta
Espacio 1º Subs., Centro Cultural de la Cooperación, (Av. Corrientes 1543).

Al uso nostro. El italiano en el lenguaje rioplatense
Gracias a los italianos hablamos un castellano al uso nostro, pleno de huellas de ese gigantesco movimiento migratorio, con giros, calcos y palabras que vienen de aquellos dialectos iniciales. En esta muestra buscamos advertir sobre esa presencia en el lenguaje rioplatense.
Noviembre 2013 - Mayo 2014
Museo del libro y de la lengua, (Av. Las Heras 2555)


Jueves 27

Festival Novísima Dramaturgia Argentina
Primer Festival Novísima Dramaturgia Argentina, dedicado a obras de autores nacionales nacidos entre 1981 y 1990, es decir, que tienen hoy entre 32 y 23 años. El objetivo es visibilizar la producción de estos jóvenes creadores y reflexionar sobre su aporte a la escena actual.
Centro Cultural de la Cooperación, (Av. Corrientes 1543).
Ver programación completa: aquí


Viernes 28

El rastro
Obra de teatro a partir de la novela homónima de Margo Glantz, con Analía Couceyro y Rafael Delgado. Dirigida por Alejandro Tantanian.
A las 19:30 hs.
Plaza Boris Spivacow, Museo del libro y de la lengua, (Av. Las Heras 2555)


Convocatorias

II CONCURSO DE NARRATIVA ERÓTICA “LOS CUERPOS DEL DESEO” (EE.UU.)

Cierre: 01 de marzo de 2014

Más información: aquí

miércoles, 19 de febrero de 2014

Un recorrido por la historia del Teatro Argentino

Libro de arena presenta en esta sección una crónica sobre estos días de verano donde se hacen hallazgos en nuestra propia ciudad. Corina Auster nos cuenta de su incursión casual en el mundo del teatro argentino.


Por Corina Auster

Por casualidad, en la Avenida Córdoba descubrí un pequeño museo: el del Instituto Nacional de Estudios de Teatro (INET), el cual funciona en una de las esquinas del edificio del Teatro Nacional Cervantes, en Avenida Córdoba 1199 (esquina Libertad).Las dimensiones reducidas del lugar están muy bien aprovechadas: hay fotos, pinturas, documentos, afiches, objetos que pertenecieron a figuras teatrales y varias maquetas como la del Circo de los Hermanos Podestá (precursor de nuestro teatro, ya que se afirma que tuvo su nacimiento en los circos criollos, donde al finalizar los números circenses se interpretaban obras dramáticas de estilo gauchesco).También engalanan la muestra trajes usados por actores del país, entre los que se exhiben nada menos que algunos que utilizó Carlos Gardel en sus películas.Asimismo, se observa el traje que lucía José "Pepe" Podestá en una de sus más célebres interpretaciones y con gran repercusión en poblaciones rurales: el de Juan Moreira (pieza fundadora del teatro rioplatense, de Eduardo Gutiérrez).  Y, por supuesto, no podía faltar una réplica de la indumentaria del memorable "Pepino el 88" -el personaje creado por el mismo Podestá que lo lanzó a la fama-.Es interesante saber a qué se debe el nombre de este personaje de "Pepe" Podestá -gran figura popular de los inicios del teatro nacional y procedente de una destacada familia de comediantes-: para reemplazar al payaso titular del circo, su madre le confeccionó un traje con una sábana, que tenía un letrero que decía "El Gran Pepino".  Luego él le agregó parches negros, uno de los cuales estaba formado por tela cortada para los otros parches y de éste surgía el número 88 dejado por el corte.  Tal  aplique se lo colocó en la parte posterior del traje y de ahí en más se presentó como "El Payaso Gran Pepino 88".Además de todo lo expuesto, el museo, que depende de la Dirección Nacional de Patrimonio y Museos de la Secretaría de Cultura de la Nación cuenta con gran cantidad de actividades culturales durante el año, como auditorio y biblioteca.Es una buena propuesta permanente para conocer y revivir un poco la historia del Teatro Argentino.


Para más información del INET, click aquí.

viernes, 14 de febrero de 2014

Cortázar, según pasan los años

Por Gabriela Halpern

A mí “me presentó” a Cortázar mi papá. Fue en los días posteriores a su muerte. Yo no entendía, con mis escasos 13 años, por qué la partida de un escritor exiliado afectaba tanto a mis padres, y me animé a preguntar. Entonces, mi viejo me dio para que lea “La autopista del sur”.
En esa época, yo tenía 13 años, me devoraba toda la obra de cada escritor que conocía y me gustaba. Iba a la Feria del Libro y en El Ateneo conseguía todo Vasconcelos. En Losada la emprendía con Alejandro  Casona. Para acopiar la obra de Cortázar me bastó con los estantes de mi casa. A Todos los fuegos, el fuego le siguió Los premios y Bestiario Final del juego y… En quinto año, su emblemática foto con el cigarrillo en la boca estaba pegada en la tapa de mi carpeta.
Pienso que Julio Cortázar fue la primera lectura que “compartí” con los adultos de mi familia, en esa edad en la que se empiezan a compartir películas, conversaciones, casi como ese ritual de invitación a “la mesa de los grandes” en las reuniones familiares. Casualidad o no, hace poco a mi hijo de 13 le pasé Bestiario.




jueves, 13 de febrero de 2014

Julio Cortázar: ese símbolo

Por Mario Méndez

Hace pocos días la compañera Belén Leuzzi, en este mismo Blog, nos hablaba de lo autorreferencial en el recuerdo de Cortázar, eso de la propia memoria que parece estar en muchos de los que lo hemos leído, querido, admirado. También por estos días, en la contratapa de Página 12, Mempo Giardinelli escribió “El amigo Julio”, nota en la que recuerda a Cortázar desde su experiencia personal, curiosamente casi un desencuentro. Y se despide con un dejo de tristeza, con una evocación y un lamento: “cuánto me hubiera gustado ser su amigo”, confiesa Mempo, y uno querría decir lo mismo.

No es casual, en absoluto, que haya tantas referencias personales cuando se recuerda a Julio Cortázar. Es que este escritor fue, para varias generaciones de lectores argentinos, un símbolo. Desde distintos contextos, en épocas diferentes, Cortázar representó algo más (como si todo lo que sigue hubiera sido poco) que la figura de un grandísimo escritor, el protagonista argentino dentro del grupo de elite que constituyó el irrepetible boom de la literatura latinoamericana; el autor de Rayuela, la novela que más marca ha dejado en los lectores del siglo XX; el autor de El perseguidor esa nouvelle que inició a tanta gente, desde la literatura, en la música de vanguardia que era el jazz; el autor de Libro de Manuel, esa cachetada a la historia más convulsa de los 70, a la vez solidaria y crítica, compañera. Para los que entramos a la adultez, tímidamente, cuando se terminaba el nefasto Proceso, Cortázar fue todo lo anterior y también un grito de libertad. A mis 17 años, en el emblemático 1983, cuando terminaba la secundaria, Cortázar, como Mercedes Sosa y quizás nadie más, representaba el regreso profundo de la cultura y la libertad que nos habían arrebatado. Andar por las calles con Rayuela bajo el brazo era como llevar una bandera. Leer “Reunión” era juntarse con Fidel y el Che en la Sierra maestra, y “La noche boca arriba” era el deslumbramiento literario, puro y simple, profundo. Cortázar era un símbolo, como el Che, como ciertos himnos, como algunas pintadas en los paredones.

El día que murió, en el verano de 1984, mi vieja, que no lo leyó nunca, me llamó a la casa de una vecina, vereda de por medio: “Marito, hijo, vení, vení, están diciendo que se murió ese escritor que te gusta a vos”, me gritó. Y yo corrí, me paré frente al televisor y cuando no me veían dejé que se me cayeran las lágrimas. Como las de ahora, igual de admiradas. Y muy agradecidas, también. Porque Cortázar se murió, pero el símbolo sigue vivo.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Cortázar, de Buenos Aires al mundo


Por Alvar Torales

Julio Cortázar nació en Bruselas (Bélgica); fue maestro de escuela en el interior de la Provincia de Buenos Aires; profesor universitario en Mendoza y vivió la mayor parte de su vida en París. Es decir, habrá pasado en la ciudad de Buenos Aires apenas un 25% de su existencia. Sin embargo podemos decir que fue uno de los escritores más porteños de nuestras letras, junto a Roberto Arlt y Jorge Luis Borges. Amó esta ciudad y la tuvo siempre presente en su pensamiento, en su literatura y en su corazón. En la década del sesenta fue figura señera del llamado "boom latinoamericano". Se sentía muy cerca de Arlt, tal vez su "doble". Su extraordinario dominio del lenguaje unido a la gran libertad del mismo lo ponen en la cima de los escritores de la segunda mitad del siglo XX. Lamentablemente sus restos, como los de Borges, están muy lejos de la patria, pero será por siempre el gran escritor de Buenos Aires, la Argentina y Latinoamérica.-



martes, 11 de febrero de 2014

Hasta siempre

Libro de arena continúa su homenaje a Julio Cortázar. Esta vez desde su mirada política, que se fue metiendo en su literatura. En los primeros años de la década del 60, Cortázar fue convocado por la Casa de las Américas para ser jurado de un concurso en Cuba. Allí se interiorizó en la causa revolucionaria, que generó su adhesión a la ideología socialista. Es por eso que ante el asesinato del Che Guevara escribe acongojado la siguiente carta.

París, 29 de octubre de 1967

Roberto, Adelaida, mis muy queridos:

Anoche volví a París desde Argel. Solo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme, mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a hora en la más dura de las aceptaciones. Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje, Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases. Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como si uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me avergüenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida, a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que guardes para que estemos más juntos.

Che 

Yo tuve un hermano.
No nos vimos nunca 
pero no importaba.
Yo tuve un hermano 
que iba por los montes 
mientras yo dormía. 
Lo quise a mi modo, 
le tomé su voz 
libre como el agua, 
caminé de a ratos 
cerca de su sombra. 

No nos vimos nunca 
pero no importaba, 
mi hermano despierto 
mientras yo dormía, 
mi hermano mostrándome 
detrás de la noche 
su estrella elegida.

Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre, 

Julio


Publicado en Fervor de la Argentina de Roberto Fernández Retamar, Buenos Aires, Ediciones del Sol, 1993.

Para ver más cartas publicadas de Julio Cortázar, click aquí-Centro de Documentación Epistolar-.

lunes, 10 de febrero de 2014

Tu nombre me sabe a recuerdos


El miércoles 12 de febrero se cumplirá el 30° aniversario del fallecimiento de Julio Cortázar. Libro de arena lo conmemora con una serie de publicaciones durante toda la semana. En esta ocasión, una lectora y algunos recuerdos que le trae el simple (y complejo) nombre de Julio Cortázar.


Por Belén Leuzzi

“Julio Cortázar”. ¡Ese nombre tan nombrado dice tantas cosas! Pero casi todas terminan siendo, por esas cosas de la vida, autorreferenciales. Es por eso que su nombre, además de denotar al “escritor, traductor e intelectual argentino nacido en Bélgica”, como podríamos sacar de sus biografías o de Wikipedia, nos dice algo más. Y ese plus que lo hace tan especial lo asociamos con nuestra propia vida.

Como varios de sus relatos, mis pensamientos ligados a Cortázar no siguen un orden cronológico, sino que dan saltos temporales y espaciales en el laberinto de mis recuerdos. Lo que sí estoy ciertamente convencida es que mi primer contacto con él fue con Final del juego. Era bastante pequeña, pero tenía ganas de leer algo interesante y saqué de la biblioteca ese libro que ya habían leído mis hermanos mayores. Quedé impactada sobre todo con el cuento homónimo. Y a eso le sumaba que yo vivía frente al tren –aunque lejos del panorama que describe Cortázar-, era algo en común y yo también quería recibir alguna notita. 

Ya en la adolescencia, y después de haber leído varios de sus cuentos –“Los venenos” era el que más recordaba-, organizamos en mi colegio el llamado “Día de las Artes”. Realmente un logro de los estudiantes, pues convocábamos a exponer dibujos y pinturas; micrófonos abiertos para lectura de poemas; preparábamos aulas temáticas –la sala surrealista, la sala pop art, la sala de letras, etc.-; invitábamos a bandas del colegio; daban charlas profesores y artistas de distintas disciplinas. Y uno de esos dibujos… era un retrato en lápiz de Julio Cortázar. ¡Parecía una foto en blanco y negro! Pero cuando uno se acercaba podía observar los trazos del grafito. Y el autor de ese retrato era un gran lector de su retratado. Realmente me había encantado esa obra, pero lamentablemente se extravió. Fue la única obra que perdimos en la exposición. El grupo estaba muy triste y también decepcionado por nuestro error. ¿Dónde estaría? ¿Se lo habrían robado? Yo creo que sí. Era demasiado buena y algún visitante, amante de Cortázar seguramente, se habrá tentado en retenerlo para sí. Me gusta pensar que podría haber pasado algo más mágico, algo más propio de Cortázar.

Esto me hace acordar también que alguna vez un amigo me dijo que leyera Rayuela, pero de determinada editorial porque le había parecido la mejor. “Sólo de ahí léelo, eh”, dijo. En algún momento me lo iba a regalar. Estábamos en una librería antigua y lo señaló insistentemente. Creo que era negro con amarillo, y debía ser la Ed. Sudamericana, pero fue hace demasiados años y se torna borroso. Todavía espero ese regalo. 

Aunque lo cierto es que uno no puede esperar tanto, y con tantas editoriales e internet es fácil incitarse a leerlo por cuenta propia. Por eso supongo que casi todos quieren, en mayor o menor medida, un pedacito de Cortázar para sí.

martes, 4 de febrero de 2014

Patricia Highsmith, en la vereda opuesta

Un día como hoy, pero de 1995, fallecía Patricia Highsmith conocida por sus relatos policiales que tiene como protagonista al antihéroe Tom Ripley. Libro de arena publica una breve reseña biográfica junto con un comentario de su obra, sus antihéroes y un nuevo ciclo de cine y literatura del Programa Bibliotecas para armar.

Patricia  Highsmith nació un 19 de enero de 1921 en Forth Worth, Texas, Estados Unidos. Su primer cuento fue publicado por Harper´s Bazaar cuando apenas tenía 24 años, y cinco años más tarde Alfred Hitchcock adaptó su primera novela, Extraños en un tren (1951), para la versión cinematográfica, lo que la llevó a la fama. Desde joven sus lecturas se orientaron en torno de los tópicos propios del géneros policial, sus autores favoritos eran Poe, Conrad y Dostoievsky. Su trabajo forma parte del corpus de la literatura policial de la serie negra, surgida en Estados Unidos a principios del siglo XX. Entre los títulos más conocidos cabe recordar A pleno sol, La máscara de Ripley, El juego de Ripley (que inspiró a Win Wenders) para dirigir El amigo americano en 1977, Ripley en peligro, Tras los pasos de Ripley.

Falleció el 4 de febrero de 1995 en Lucarno, Suiza.

Por Mario Méndez

Desde su primera novela, la genial Extraños en un tren, que Hitchcock llevara al cine apenas un año después de su aparición (1951), Patricia Highsmith se sintió cómoda, como quien dice, en la vereda de enfrente del policial. Sus héroes no son detectives, ni siquiera investigadores casuales, todo lo contrario: son asesinos, o aspirantes a serlo. Gente que se propone llevar a cabo el crimen perfecto, como los protagonistas de Extraños en un tren, que “intercambian” víctimas. Escritores que se ven involucrados en un crimen real, a partir de un planteo en el que se proponen asesinar, o hipotetizan cómo llevar a cabo un crimen, como en la no menos genial Crímenes imaginarios y, por fin, el antihéroe perfecto, el villano protagonista: la más perdurable creación del talento literario un tanto morboso de Highsmith: el muy talentoso, muy retorcido, muy cruel y muy astuto Tom Ripley.

Pronto, en el próximo ciclo que organizaremos en Bibliotecas para armar, propondremos una serie de encuentros en los que, como siempre, la cita es para hablar de cine y literatura. Esta vez, en el ciclo que se avecina, el eje de la discusión, el leit motiv de los encuentros, será el villano. El villano como protagonista. Obviamente, cuando lo planificábamos, uno de los primeros personajes que se nos vino a la cabeza fue Ripley. Un tipo capaz de matar, de traicionar, de engañar, de inducir al crimen, de aprovecharse sinuosamente de todas las ventajas. Una verdadera porquería de tipo, y sin embargo, un absoluto seductor. Un tipo cuya inteligencia, como la de otro villano protagonista, el caníbal Dr. Lecter, es tan potente, tan seductora, que hace que te olvides de que es un monstruo. Ripley, la talentosa y retorcida criatura de de la no menos talentosa y retorcida mente literaria de Patricia Highsmith también es un monstruo. Y sin embargo, leemos sus aventuras y queremos que gane. Queremos que gane el malo. Hay que ser muy genial para logar eso. Y Highsmith lo era.


lunes, 3 de febrero de 2014

Paul Auster y las últimas cosas

Libro de arena celebra los 67 años del escritor Paul Auster con un fragmento de su novela El país de las últimas cosas (In the Country of Last Things, 1987) y comparte un comentario del mismo. 

"Estas son las últimas cosas-escribía ella-. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las que ya no existen, pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo.
No espero que me entiendas. Tú no has visto nada de esto y, aunque lo intentaras, jamás podrías imaginártelo. Estas son las últimas cosas. Una casa está aquí un día y al siguiente desaparece. Una calle por la que uno navegaba ayer, hoy ya no está aquí. Incluso el clima cambia de forma continua: un día de sol, seguido de uno de lluvia; un día de nieve, luego uno de niebla; templado, después fresco; viento seguido de quietud; un rato de frío intenso y hoy, por ejemplo, en pleno invierno, una tarde de luz esplendorosa, tan cálida que no necesitas llevar más que un jersey.
Cuando vives en la ciudad, aprendes a no dar nada por sentado. Cierras los ojos un momento, o te das la vuelta para mirar otra cosa y aquella que tenías delante desaparece de repente. Nada perdura, ya ves, ni siquiera los pensamientos en tu interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscándolos: una vez que las cosas desaparece, ha llegado a su fin.
Así es como vivo -continuaba su carta-. No como mucho, sólo lo suficiente para mantenerme en pie, no más. A veces me siento tan débil que me parece que no podré dar otro paso. Pero lo logro a pesar de los períodos de abatimiento, me siento activa. Deberías ver qué bien lo hago.
En la ciudad hay muchas calles por todos lados, pero no dos iguales. Pongo un pie delante de otro, luego el otro frente al primero, y sólo espero poder volver a repetirlo todo otra vez. Sólo eso. Me gustaría que entendieras cómo es mi vida ahora: me muevo, respiro el aire que se me concede,  y como lo menos posible. No importa lo que digan los demás; lo único importante es mantenerse en pie.
¿Recuerdas lo que dijiste antes de que me fuera? Me dijiste que William había desaparecido y que por más que buscara nunca lo encontraría. Esas fueron tus palabras. Entonces yo te contesté que no me importaba lo que dijeras, que iba a encontrar a mi hermano. Luego me subí a aquel  barco espantoso y te dejé. ¿Cuánto tiempo hace de aquello? Ya no puedo recordarlo; años y años, supongo. Pero sólo lo adivino; hablando con franqueza, creo que he perdido el rumbo y ya nada podrá arreglarse para mí.
Lo cierto es que si no fuera por el hambre ya no sería capaz de seguir. Hay que acostumbrase a sobrevivir sólo con lo indispensable. Si uno espera poco, se conforma con poco, y cuanto menos necesite, mejor se sentirá. Esto es lo que la ciudad le hace a uno, le vuelve los pensamientos del revés. Le infunde ganas de vivir y, al mismo tiempo, intenta quitarle la vida. No hay salida, lo logras o no lo logras; si lo haces, no puedes estar seguro de conseguirlo la próxima vez; si no lo haces, no habrá próxima vez.
No sé muy bien por qué te estoy escribiendo. Para serte franca apenas si he pensado en ti desde que  llegué. Pero de repente, después de todo este tiempo, siento que tengo algo que decir y que si no lo escribo rápidamente, mi cabeza estallará. No importa si lo lees, ni siquiera importa si vas a leer estas líneas, suponiendo que eso pudiera hacerse. Tal vez te escriba sólo porque no sabes nada, porque estás lejos de mí y no sabes nada.”


El país de las últimas cosas
Paul Auster
Barcelona: Anagrama, 1994


Por María Pía Chiesino

Cuando empecé a leer a Paul Auster, en la década del 90, tenía una especie de disposición inmediata para leer una nueva novela “neoyorkina”, y en mayor o menor medida, alguna historia que remitiera al vínculo paterno. Eso pasaba en La invención de la soledad… en El palacio de la luna… en la Trilogía de Nueva York. Y en cierta medida,  también en Mr. Vértigo o en La música del azar.
Por eso, cuando leí El país de las últimas cosas ese comienzo me desconcertó.
La narradora está viviendo es una especie de futuro distópico, en un país regido por pulsiones de muerte, en el que se supone que debe encontrar a su hermano desaparecido.
Desde una enorme soledad, comienza a escribirle una carta a su ex novio. Una carta que, por otra parte, no sabe si va a enviar. Toda la novela nos relata en primera persona  esa búsqueda, en el curso de la cual la protagonista va encontrarse con diferentes aspectos de esa realidad extrema:  la secta de los corredores que no saben adónde van pero que no dejan de correr hasta que no caen muertos…casas que estaban hoy y desparecen mañana…
En el medio de tanta incerteza, Anna Blume intenta encontrar a su hermano. Busca “vida” en un lugar en el que proliferan las clínicas que se dedican a la eutanasia.
De todas formas, el comienzo es desalentador para los lectores optimistas. Anna no escribe esa carta desde la esperanza. Ni siquiera el aire que respira le pertenece. Toda la novela está marcada por un desaliento que la ubica en una línea que continúa, por ejemplo a  La sequía, de Ballard, otra obra maestra de esos futuros distópicos, en la que todas las acciones se rigen por la sed. En este caso, Anna no deja de escribir porque tiene hambre. Pulsiones cada vez más básicas y planteos cada vez menos complejos en términos existenciales.
Ciertas visiones del futuro son absolutamente pesimistas. Esta no es un dato nuevo para la literatura. Huxley  y Orwell se marcaron esa línea ideológica respecto del futuro de la condición humana.
Lo que me resultó sorprendente en su momento, cuando leí  El país de las últimas cosas, fue que una novela de Auster pudiera ser parte del mismo corpus. No porque Auster sea un  particularmente optimista (no lo es) sino porque nunca pensé que pudiera situar una de sus novelas en el campo de la ciencia ficción. Y este comienzo, no me dejó alternativa. De todas formas, sabemos que Anna está viva y que afirma que lo más importante es “mantenerse en pie” para seguir buscando a su hermano. Más allá del desaliento que atraviesa la novela, esa no deja de ser una metáfora de la resistencia.