martes, 31 de marzo de 2015

La ciudad de viñetas

Todos los miércoles a las 15 hs. en la Biblioteca "Ofelio Vecchio" del Club Nueva Chicago, se realizará un taller para chicos que propone una aproximación al lenguaje de la historieta.


Actividad gratuita para asistentes a la institución.
Biblioteca Ofelio Vecchio, Club Nueva Chicago
Lisandro de la Torre 2288
Mataderos

De colección: The glass menagerie

Cuando la obra habla, a través de sus fragmentos, del autor, de su vida, de sus puntos de vista multiplica el interés. Hoy se cumplen 70 años del estreno neoyorquino de una de las obras fundamentales de la dramaturgia norteamericana: El zoológico de cristal (The glass menagerie). Entre callejones de dudosa ambigüedad, penumbras, rescoldos de melancolía y fracciones de memoria, en la obra se  reconstruye un momento  de la vida del legendario Thomas Lanier Williams, más conocido por el seudónimo de Tennessee Williams.


Por Ernesto Hollmann.


Es la única obra en la que  se refleja parcialmente lo autobiográfico, en una teatralidad no realista y  que incluye como personajes a  su hermana y a su madre. La imagen de  Laura es una visión casi onírica sobre esa hermana mitad real y mitad imaginada, que había sido materia e intuición de un breve cuento llamado “Portrait of a girl in glass”. En él,  describía el hábitat y los síntomas enfermizos y dramáticos de un  ser que paradójicamente sería la parte femenina más liberadora de sus “damas sureñas” y no se ajustaba a las clásicas criaturas femeninas atormentadas por los códigos morales y puritanos bajo los que habían sido educadas.
En la obra, Laura es una muchacha extremadamente tímida y vergonzante (rasgo que acompañaría a Tennessee a lo largo de toda su vida e influiría en toda su obra dramática),  con una leve discapacidad motriz. Esas son las dos características que determinan el nudo central de la obra. Amanda, la madre, es una mujer del sur norteamericano; parangón absoluto de arquetipos en decadencia como Blanche Du Bois, la protagonista de Un tranvía llamado deseo o la madre prepotente y despiadada de El último verano. Mujeres criadas como puritanas pero de corazones frágiles, sólo educadas para ser bellas y etéreas, a  la búsqueda del ideal del hombre inalcanzable. Las mismas que terminan sus días abandonadas por sus maridos, frustradas o, en el mejor de los casos, recordando con nostalgia aquella juventud que se quedó enredada en los pliegues de los vestidos vaporosos de los primeros bailes y en las hojas amarillentas de los carnets.
Tom –el alter ego de Williams- es el presentador de la historia, una especie de “oficiante religioso” que nos relata esta historia que transcurre en los años ‘30. Narra en primera persona su desasosiego con el mundo sórdido y decadente que le ha tocado en suerte. Su vida familiar, la hermana que lo agobia en su carácter de víctima constante, y esa madre posesiva y extremadamente retrógrada en su concepción del mundo. En un diálogo exasperante, Amanda le reprocha a su hijo (que está leyendo a D.H. Lawrence, autor que la ofende profundamente y al que considera un demente), que su oscuro trabajo  como dependiente  en una zapatería le impide expresarse. Tom se fuga para escribir. Se esconde en los retretes y compone versos. Su amigo, que aparece en la obra como el Candidato lo llama “mi pequeño Shakespeare”. Lo único que desea es partir, cómo lo ha hecho su padre. Relata sus deseos de viajar –que no son otra historia que su propia incapacidad de enfrentar el presente-, se encierra para escribir poemas que hablan sutilmente de escapadas nocturnas por bares y  cines;  de encuentros furtivos. En un momento, se abre la caja de los recuerdos y evoca entre bambalinas de marinero a  su hermana Laura, una joven que pone discos viejos y colecciona una selva de animalitos de cristal; tan introvertida y enfermiza que es incapaz de afrontar las cosas más elementales de la vida; recuerda también a su madre, autoritaria y egoísta, que vive sus últimos años añorando un pasado de esplendor que sólo pervive en su imaginación, pero que también es capaz de hacer lo imposible para que su hija no quede encerrada para siempre entre las cuatro paredes de esa decadente casa. ¿Será feliz? ¿O recorrerá  pausada e inexorablemente el camino de la soledad, el abandono  y la desdicha de sus  otras heroínas? El otro protagonista, y quien desencadena la trama de la obra, es el guapo y robusto irlandés Jim, compañero de trabajo  de Tom, a quién Amanda, en su desesperación por encontrar un candidato para su hija invita a cenar, sin saber que es el amor secreto de Laura desde el colegio.
Aquí vale hacer un paréntesis para analizar levemente y componer la imagen masculina que Williams tiene de los prototipos del “macho”. Tom es el clásico hombre dependiente de la virilidad trashumante (su personaje es un marino que lee a D. H. Lawrence, autor que se deleita durante páginas enteras describiendo a bronceados y desnudos mexicanos en La serpiente emplumada  o relatando el movimiento de los culos masculinos y las luchas heroicas de los protagonistas desnudos en Mujeres enamoradas). El deseo primitivo reboza sexo en Kowalski en Un tranvía llamado deseo. El protagonista de Orfeo desciende avasalla en un gallinero… La mayoría de sus personajes masculinos representan fuerzas arcaicas que deleitaban ya en Whitman y que son la contraposición de sus personajes femeninos.  Jim, ese hombrón irlandés y católico,  un poco bruto, bonachón y muy buen mozo, es el perfecto ideal de hombre surgido del sueño de su madre que es el sueño apaciguado del mismo Tom por las mujeres.  
En el segundo acto se desarrolla una de las escenas más bellas, poéticas y crueles del teatro contemporáneo. Acontece el encuentro entre Laura y Jim y se asiste a ese  diálogo exquisito pleno de matices en el que  ella le comenta los horrores pasados cuando iba al colegio y  la atormentaba el ruido que hacia su zapato ortopédico. Evoca cómo se sentía observada escuchando en su cabeza el tronar que producía ese pesado y deformante pie anatómico. Pensando que él –su secreto amor- también era parte de eso. Ahí es cuando  Jim le expone la importancia y el valor  que para él tienen quienes pueden manejarse  con  cualidades especiales, frente a un mundo mercantilizado y carente de sensibilidad, para comprender al prójimo.
En determinado momento la muchacha le muestra una de las más queridas piezas de su colección, un diminuto unicornio de cristal; ese unicornio es el símbolo de lo “diferente”, el cristal es frágil y transparente y  deja pasar la luz por el corazón límpido de Laura. Es en ese momento  cuando Jim comenta lo sólo y triste que debe sentirse junto a los otros caballitos. En un momento de torpeza, el joven  rompe el cuerno del unicornio,  que ya no estará más sólo y  será como los otros. Un caballito más. Jim parte. Le ha confesado  a Laura que está por casarse y siendo un hombre de ley debe ir a buscar a su novia. Antes de que se vaya, ella le regala ese caballito que es su joya predilecta, para que lo conserve como una preciada reliquia. Y a partir de esta decisión, Laura puede intentar ser, por fin una mujer que enfrente su propio lugar en el mundo y la locura agobiante de su madre o, mantenerse como antes y, ya sin salida, volver a ocupar el lugar del unicornio que ya no es tal. La poética envolverá el espíritu de la joven y entre ajados tules las velas de Laura se apagarán para siempre.
Tom también se va para no volver y deja en suspenso el corazón y el alma de su hermana. Recuerda su rostro con remordimiento cuando cree verlo en los cristales de una farmacia; se le hace presente, único e inexorable. Está ahí, perdido en un zoológico de cristal.
Sin duda, la dramaturgia norteamericana ha dado grandes obras entre las décadas del ‘40 y ‘60 del siglo pasado. Recordamos  a Eugene O’Neill y su tragedia familiar de Largo viaje de un día hacía la noche, a Cliford Oddets con The big knife,  a Lilian Hellman y su memorable La mentira infame, al mismo  Arthur Miller y el drama social en  Panorama desde el puente y un largo etcétera. Pero El zoológico de cristal  de Tennessee Williams queda  como una obra imperecedera e inmortal en tres aspectos esenciales: su infinito caudal poético y humano, con diálogos maravillosos que se perfilan en la segunda parte; la confesión individual y colectiva de ambos personajes (Laura y Jim) y la presencia distante de un fantasma que evoca su propia tragedia (Amanda) mientras Tom es casi un muerto que regresa al calvario de su vida donde el derrotero será su propio desamor. Williams hace un acercamiento doloroso sobre su propio pasado,  mostrando durezas propias y delicadezas ajenas en la transversalidad con que encara el personaje de su hermana para que amemos aquello que él mismo no pudo soportar.
¿En que consiste la teatralidad de Tennessee  Williams? Quizá en la propia visión fragmentada de sus sueños,  los recuerdos que se entrecruzan con la poesía pura de la creación. Pese a los otros autores y a  muchos más que  podrían agregarse a esa lista, nadie nunca compuso un teatro de escenas, que muchas veces venían descontextualizadas hasta ser incoherentes en el nudo dramático, (pero con un peso descomunal en sí mismas), como Tennessee Williams. Nadie nunca antes se atrevió a trabajar las tensiones entre la simpleza, la dureza, la tragedia y una honda emotividad. Este es el tema central de toda la maravilla taumatúrgica que es El zoológico de cristal.


* Ernesto Hollmann: nacido en Buenos Aires el 23 de septiembre de 1947. Hizo crítica de cine para las revistas Siete Días, Biógrafo y El Porteño. Ha publicado Hierofanía de Samael (poemas), editado por Faro en 1992.  Fue integrante del FLH en los años '70, participó en el año 2008 de la película "Rosa Patria", de Santiago Loza, dedicada a la vida y la poesía de Néstor Perlongher. Se han publicado, además 12 poemas suyos en la antología Poesía Gay de Buenos Aires-Homenaje a Miguel Ángel Lens, de Acercándonos Ediciones.

Encuentros con escritores de literatura infantil y juvenil


lunes, 30 de marzo de 2015

Otro homenaje a Abelardo Castillo, en la forma de un recuerdo

Hernán Carbonel es un periodista y escritor de Salto, provincia de Buenos Aires. Allí, en su pequeña ciudad, conduce un programa de Radio en FM La Pura, llamado Hotel Margaritas (que antes se llamó Margaritas a los chanchos). Habla de cine, de literatura, de cine, de música, a veces también de fútbol. Comparte charla, comparte buena música. Y entrevista  a escritores, actores, músicos, gente de la cultura. Hace unos años, en su programa, entrevistó al gran Abelardo Castillo, y así lo recuerda, como un homenaje.


Por Hernán Carbonel

Entrevisté a Abelardo Castillo la noche del 22 de marzo de 2012. Imposible olvidarlo. Fue en mi programa de radio, el primero de esa temporada, en vivo, vía telefónica. Su compañera, Sylvia Iparraguirre, fue quien me permitió acceder a él. Al momento de la entrevista, Castillo estaba con los alumnos de su taller, los que, dijo con humor, “están muy contentos con el reportaje, porque aprovechan para no hacer nada”. Incluso, hacia el final de la charla, pasó el teléfono y pude dialogar con algunos de ellos. El clima entonces se volvió allí ameno y distendido.
Antes, todo lo contrario. En los días previos, cuando la entrevista estuvo confirmada, mi cabeza vivió dentro de una bolsa llena de pánico: iba a hablar con el que considero el mejor cuentista argentino vivo, y uno de los mejores escritores argentinos de todos los tiempos.
El peor momento de la charla fue cuando lo interrogué sobre El otro judas, El Evangelio según Van Hutten y Sobre las piedras de Jericó, y su tema en común: los rastros de la religión cristiana. “¿Qué hay en usted que lo lleva a abordar este tema?” pregunté. “¿Leíste los tres libros?”, repreguntó Castillo.
Silencio. Tres segundos de silencio en radio son una centuria. “El Evangelio según Van Hutten, solamente”, respondí con voz de enano disminuido. El mundo se vino abajo. Y eso que yo ya era enano desde antes.
“Entonces es una pregunta que, si hubieras leído los tres libros, te tendría que hacer yo –comenzó Castillo, y continuó:- Un escritor no sabe de qué está hecho ni por qué recurre permanentemente a ciertos temas. Se le puede preguntar a un crítico o a un lector. ¿Qué te parece a vos que me pasa a mí que siempre aparecen estos temas en mi literatura? Porque, al contestar yo esa pregunta, me tengo que poner fuera de mí. Mirarme como si fuera otro. Estar analizando mis libros como si no fuera el autor sino un crítico”.
Sostuve lo que siguió como pude. Pude haberle retrucado la paradoja: su jactancia de ser anarco-comunista con formación cristiana, pero hubiese sido como abrir la tapa de la fosa donde dormitan los cocodrilos hambrientos, empezar a pagar con lento dolor el precio de la condena.
Año y medio después compré sus Diarios. Vencí el impulso frenético, lo leí con la misma lentitud con que el Capitán Nemo sostenía en sus manos las gemas sagradas de las ostras del fondo del mar antes de devolverlas a la fauna marina originaria.
Aquella noche, luego de terminado el programa, sentí el cuerpo como si hubiera corrido un pentatlón. Había tenido, durante poco más de 20 minutos, una clase de lógica, de retórica, de literatura, de respeto. Con altura. Y eso que yo ya era enano desde antes.

FM La Pura (http://radiopura.blogspot.com.ar/2014/12/hotel-margaritas-ultimo-programa-del-ano.html)

viernes, 27 de marzo de 2015

Abelardo Castillo: "El escritor es alguien que se toma la literatura en serio, pero no a sí mismo"

Entrevista publicada en ADN Cultura, de La Nación, el 30 de mayo de 2014.

La publicación de los diarios que el gran escritor argentino viene componiendo desde hace décadas y cuyo primer volumen llega a las librerías la próxima semana es uno de los acontecimientos literarios del año. En este diálogo exclusivo, el autor de Crónica de un iniciado habla de su vida, de sus pasiones literarias y de su relación con Sabato y Marechal.

En estos días, Abelardo Castillo publica el primer volumen de sus Diarios (Alfaguara), que va de 1954 a 1991. ¿Qué lector argentino puede quedar indiferente ante esa noticia? Castillo es uno de los escritores nacionales más importantes, que abordó todos los géneros: poesía, ensayo, cuento, novela y ahora los diarios. Se trata de un testigo de excepción. Él subraya la distinción entre los diarios y las memorias. En el diario, uno escribe lo que pasa en el momento, aunque lo haga después de un lapso relativamente breve, y lo hace para sí mismo, sin pensar demasiado en la publicación. Se trata de anotaciones en las que, a menudo, falta la continuidad del relato. A diferencia de las memorias, los diarios no están escritos en lo alto de una cima desde donde se contempla el pasado. En ellos, lo que se anota está visto desde la llanura de la actualidad. Hay grandes omisiones. También las hay en las memorias, pero éstas son deliberadas y responden a un plan literario y vital.
Castillo nació en 1935. Pertenece a una generación en la que el compromiso político y el literario estaban muy unidos. Como todo joven de inclinaciones progresistas, leyó a Marx, a Engels, a Lenin. Fue y es socialista, nunca fue comunista, nunca fue peronista, siempre mantuvo una actitud independiente desde el punto de vista político. Fundó tres revistas que reunieron a varios de los escritores más notables de las generaciones posteriores a la caída del peronismo en 1955 y que debieron soportar las dictaduras militares: El grillo de papel, El escarabajo de oro, y El ornitorrinco(bajo el Proceso) Sin embargo, Castillo siempre separó el valor literario de un texto de ficción o de poesía del contenido ideológico. El compromiso de un escritor de ficción o de un poeta se revela en sus actos, no se despliega en su obra, según él. Esa actitud lo enfrentó a David Viñas en una célebre polémica que Castillo reproduce en una de las secciones del diario. La ideología, las reivindicaciones, la justicia no hacen para él la bondad de un libro. Los autores argentinos que admira son Borges, Bioy Casares, Leopoldo Marechal (al que lo une un gran afecto), pero también Manuel Mujica Lainez, a quien considera uno de los grandes escritores nacionales injustamente relegados. La relación conflictiva que tuvo con Ernesto Sabato aparece en los Diarios casi como un folletín por entregas. Quizás a nadie le dedica tanto espacio.
Tan interesado en la literatura como en la filosofía y la justicia social, Castillo se formó bajo la influencia de Jean-Paul Sartre (sobre todo) y de Albert Camus. La obra literaria del autor de Crónica de un iniciado responde a los intereses variados y a la vida, por momentos turbulenta, del escritor. Desde muy chico, leía con voracidad. Su pasión de lector es equivalente en intensidad a su pasión de ajedrecista. En los Diarios, las reflexiones sobre Hesse, Platón, Aristóteles y Nietzsche alternan con la preocupación por los torneos de ajedrez. Tampoco hay que olvidar que practicaba boxeo, que tuvo grandes amores, salpimentados con numerosas aventuras, y que alcanzó un reconocimiento considerable cuando aún no había cumplido los treinta años. Desde muy temprano, estuvo nimbado por un halo de líder literario; un papel que se consolidó cuando se puso al frente de las revistas ya mencionadas. El éxito extraordinario que obtuvo en teatro con Israfel hizo de él un autor popular y le dio cierta fugaz holgura económica.
Las entradas de los primeros años de los Diarios, cuando vivía en San Pedro, son casi una novela de iniciación, la del precoz escritor de provincias que termina por irse a Buenos Aires en busca de un mundo más amplio y más libre. Esas primeras anotaciones fueron realizadas en una serie de cuadernos manuscritos. En 1992, Castillo empezó a llevar el diario en la computadora.
La principal preocupación de los Diarios es la literatura y la filosofía. Abundan los balances que hace Castillo de su propia obra, las entradas sobre las mujeres que amó y sobre sus amigos. Apenas si dedica algunos pasajes a su servicio militar que, sin embargo, lo marcó. En cuanto a la política, de un modo deliberado, asoma poco en estas páginas, aunque hay una larga entrada consagrada al Cordobazo y otras que se ocupan del Proceso y de la guerra de Las Malvinas. La política y la violencia se cuelan sobre todo en los silencios y en los sobreentendidos: como ocurrió siempre en la literatura argentina.
-Conservaste los cuadernos de tus diarios durante muchos años. ¿Los escribiste pensando en publicarlos en algún momento?-Nunca pensé en publicarlos hasta hace cuatro o cinco años. Un día, me puse a leerlos y se me ocurrió que les podían servir a chicos y a gente que escriben. Hablé con Julia Saltzman, de Alfaguara, se llevó los cuadernos para leerlos y, una vez que lo hizo, me dijo que los quería publicar de inmediato. Van a ser dos volúmenes. Llegaremos hasta 2006. Tuve que hacer la transcripción de los primeros cuadernos, manuscritos, a la computadora. Hay muchas cosas que están en el diario, pero que sólo yo sé a qué se refieren. Están escritas en una especie de código. Me acuerdo muy bien de qué designo en ese código e incluso podría detectar páginas enteras que he escrito en absoluto estado de ebriedad. Sin embargo, mi borrachera no se nota. También pude detectar mi malicia en todas esas entradas, porque casi no hablo del alcohol. Y yo era muy alcohólico. No hace mucho, estaba hablando con Sylvia (Iparraguirre), mi mujer, y ella me dijo: "Encontré una descripción muy linda de una ardilla en tus cuadernos". Y no era una ardilla, era una chica, a la que yo no podía nombrar. La convertí en una ardilla. Una metamorfosis. Anotaba cierto tipo de cosas y las mezclaba en el diario con ficciones y con poemas. A los poemas, los eliminé. Por supuesto, algún día voy a publicarlos. Ese libro de poemas se llamará La fiesta secreta, porque la poesía fue para mí mi fiesta secreta. Empecé a escribir los Diarios en San Pedro. No tenía 18 años. Esas entradas, las cartas que escribí a mis novias, sobre todo a Bettina, mi primera compañera, son mi taller de escritor.
-A Bettina, no la mencionás con nombre y apellido. ¿Por qué?-Porque está viva, es madre de hijos. Ignoro si los hijos saben que ella fue un gran amor en mi vida. Además, nadie sabe lo que siente el otro. Yo describo nuestra relación como si fuéramos la parejita ideal. Y no sé si fue así. He vivido desde la adolescencia en un mundo personal imaginario. Para mí, lo que llamamos realidad no es lo que sucede, sino muchas veces la interpretación posterior de lo que ha sucedido. A veces, he comparado estos Diarios con otros. Por ejemplo, traté de leer el diario de Thomas Mann, pero no terminé esa lectura porque me pareció que no me iba a gustar y yo tengo una gran veneración por el Thomas Mann de La montaña mágica, del Doktor Faustus, de las Confesiones del estafador Felix Krull. Esa última novela es un ejemplo de lo que debe ser un escritor. Es una de las primeras que escribe, pero la última que publica, después de haber compuesto nada menos que Doktor Faustus, una de las obras fundamentales del siglo XX. Termina su producción con Felix Krull, esa especie de ópera bufa, divertidísima, con una alegría y una juventud increíbles. En los Diarios, hay una frase dirigida a Ernesto Sabato, pero en la que no lo menciono. Digo que existe una frivolidad de la pasión que es el énfasis. Sabato era enfático. Para mí, el escritor es alguien que se toma la literatura en serio, pero que no se toma a sí mismo en serio.
-Algo que llama la atención es que desde el principio de los Diarios, te observás, te estudiás y te retratás escribiendo el diario, preguntándote la legitimidad de escribirlo, cuestionándote si la sinceridad es posible en ese género. Parece la actitud de un creyente católico que va a confesarse y teme que se le olvide el último pecado que acaba de cometer. ¿No hay allí un resto de tu pasado religioso?-Es muy probable. A los doce, a los trece y hasta los catorce años, estuve a un paso de entrar en el seminario. Es el momento en que sitúo la pérdida de la fe. Yo había estudiado con los salesianos y después iba a entrar en el seminario, pero me di cuenta de que ése no era mi mundo. Mi relación con el cristianismo es muy fuerte. Hoy, incluso, pienso que se puede ser cristiano sin creer en Dios, siendo agnóstico. Lo esencial del cristianismo no es Dios, sino el otro.
-La relación con Sabato es uno de los temas más frecuentes en tu libro. Al principio, en la juventud, sentías por él y por su obra una gran admiración.-El Sabato que descubrí cuando yo tenía catorce años, cuando él publicó Uno y el universo, escribía muy bien. Para mí, era un modelo de escritura. Descubrí la literatura argentina con Uno y el universo, de Sabato (mucho antes de conocerlo) y con El jardín de senderos que se bifurcan de Borges. Más tarde leí a Cortázar. Los tres me hicieron comprender que era posible la literatura nacional. El tipo de prosa de Uno y el universo, que va unida en mí a la lectura de Bertrand Russell, esa prosa nítida, es la misma que yo admiraba en el Poe de Marginalia, no en el de los cuentos. Yo era muy bueno en matemáticas, cuando era chico. Pensaba estudiar física y filosofía. Siempre me gustó todo lo que fuera conciso y preciso. Uno y el universo influyó en mí porque Sabato estaba todavía muy cerca del físico. Cuando leí El túnel, en una de las primeras ediciones, los personajes Juan Pablo Castel y María Iribarne se trataban de tú. Ésa fue la primera pregunta que le hice a Sabato cuando lo conocí. ¿Por qué había utilizado el tuteo en El túnel, Arlt y el mismo Borges usaban el vos. Ernesto dudó un segundo y me dijo: "La clase alta." Y yo pensé que no estaba en lo cierto. La clase alta usaba el vos. Mucho después Ernesto hizo una corrección de El túnel y cambió el tuteo por el voseo. Pero no reflexionó nunca sobre los problemas del lenguaje. Lo que lo perjudicaba a Ernesto eran los adjetivos, los "abismos", la "lejanía". Tenía un sentido del humor notable. Una vez que lo visitamos con Sylvia, nos reímos tanto que ella le dijo a Ernesto: "Nunca me reí tanto como hoy". Y él le contestó: "Sí, pero la procesión va por dentro."
-No podía abandonar el personaje dramático que se había forjado.-La parte de "torturado" no se la toleraba. La inteligencia crítica y paródica de Ernesto era formidable. Y eso era lo que no quería usar. Prefería aparecer ante el mundo como el dueño universal del dolor. El éxito de Sobre héroes y tumbas le hizo mucho mal. Mientras dudó sobre sí mismo fue un hombre excepcional. Además, al año de publicar Sobre héroes. aparece Rayuela, y eso lo destruyó. Dejé de ser amigo de verdad de Ernesto en la década de 1960. Después nuestra amistad siguió formalmente. En una ocasión, me encontré con Mujica Lainez en la Feria del Libro y nos pusimos a caminar por esos largos pasillos y, de pronto, vimos una gran foto de Sabato, Manucho dijo: "Ése sufre, sufre., pero nos va a enterrar a todos". Y fue cierto, al menos respecto de Mujica Lainez. Por eso, cuando Ernesto llegó a los 90, yo me acordé de lo que había dicho Manucho y dejé de fumar.
-Casi no hablás de política en tu libro, ni de la dictadura de los años 70.-No quería que el miedo entrara en mi diario. En esa época, yo publicaba El ornitorrinco, una revista que entrañaba riesgos. Mi pensamiento político estaba allí, no necesitaba volcarlo en mi diario. Siempre tuve muy clara la frase de Sartre que me mantuvo con salud mental durante la dictadura: "Nunca fuimos más libres que bajo la ocupación alemana". Así empieza Sartre "La república del silencio". Hoy podemos salir al balcón y decir lo que se nos ocurra y, en el fondo, a nadie le importa nada. La libertad se pone a prueba en acto. Cuando uno no puede hacer ciertas cosas, cuando ir a visitar a un preso es peligroso, cuando sacar una revista literaria también lo es, entonces comprendés qué es la libertad. Tampoco quería contaminar El ornitorrinco conmigo. Por algo, la revista tenía ese nombre; porque como el ornitorrinco estaba hecha de parches; la hacíamos hombres y mujeres con formaciones y pensamientos distintos. Lo que nos unía era la reacción contra la dictadura.
-Ya que hablaste de humor, hay dos o tres escenas en los Diarios, muy graciosas. Tienen que ver con Egle Martin y su esposo Eduardo Palacios Costa de Bruyn, Lalo. Formaban una de las parejas más hermosas de Buenos Aires en la década de 1960.-Egle fue tal vez una de las mujeres más lindas de la Argentina. La primera vez que la vi, fue en un cóctel literario al que habían invitado a Lalo. Él se retrasó; ella llegó antes. El centro de la reunión era María Rosa Oliver, sentada en su silla de ruedas. También estaban Pepe Bianco y Sabato. Las otras señoras miraron a Egle casi escandalizadas. ¿Qué hacía esa mujer allí? Los hombres la miraron, pero no se escandalizaron tanto. Egle se quedó sola, por un momento. De pronto, se puso a hablar conmigo porque era el único al que podía aferrarse, era el más joven, pero una mujer me vino a buscar, como si me rescatara quién sabe de qué peligro. A la media hora, no sé cómo ocurrió, todos los hombres presentes, incluidos los homosexuales, estaban alrededor de Egle, tendida en un diván, que explicaba cómo se prende un fósforo contra el viento. La segunda vez que vi a Egle, yo tomaba mucho en esa época y me acerqué a ella llevando una botella de whisky colgando de un dedo. Ella me dijo: "Parecés Samuel Bennet, el personaje de Dylan Thomas en Con distinta piel". Ésas eran sus referencias. Al poco tiempo, nos hicimos muy amigos con ella y Lalo, su esposo. Lalo se jactaba más de tener un libro autografiado por Richard Wright, el escritor negro, que de sus innumerables hectáreas, de su amistad con el Shah de Persia, de haber sido campeón de natación o de haber tenido relaciones muy estrechas con Ava Gardner. La primera hija de Lalo y Egle fue Alejandra. Ellos le pusieron ese nombre por el personaje de Sobre héroes y tumbas. El padrino de Alejandra fue Ernesto Sabato. Ernesto le prometió a Alejandra, cuando era chica, que la iba a llevar alguna vez al Zoológico. Nunca la llevó, pero cuando Alejandra cumplió ocho años, le regaló una foto de él, de Sabato, en la tumba de Lavalle (!!!). Cuando quiero acordarme bien de Sabato, me acuerdo de Uno y el universo, de ciertos pasajes de Sobre héroes y tumbas, el "Informe sobre ciegos", y del hecho de que integró la Conadep.
-En 1956 decías que querías escribir una novela desmesurada. Supongo que era Crónica de un iniciado.-De todo eso me di cuenta mucho después. Pasando en limpio los Diarios, encontré una entrada muy temprana donde decía que quería hacer una novela que pudiera leerse como si fuera un mazo de naipes, no importaba el orden en que se leyeran los capítulos, y eso lo dije mucho antes de Rayuela. Buscaba escribir una novela que me tomara toda la vida. Crónica de un iniciado me llevó treinta años, no de escritura, pero sí de trabajo y maduración. Esa novela la tenía escrita en los años 70, cuando la conocí a Sylvia, pero se publicó en 1991. En el medio, escribí El que tiene sed, mi novela catártica sobre el alcoholismo. Mis modelos eran La casa de Mujica Lainez, Borges, Sabato y la literatura europea. Toda la vida leí poetas. Si tengo que pensar en un libro modélico, citaría Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke. No sé de dónde me vino la idea de escribir un diario. Porque el Diario de Kafka lo leí después de empezar a escribir el mío. Los cuadernos y las poesías de André Walter, de André Gide, tuvieron una influencia enorme en mí.
-Sin embargo, no citás mucho a Gide.-Al principio, lo cito bastante. Hay muchas cosas importantes que no menciono, me lo hizo notar Sylvia. Por ejemplo, mi encuentro con Nicolás Guillén, que vivía en Buenos Aires, fue decisivo. Yo tenía 22 años, le conté entero El otro Judas; él me dijo: "Ésa es una gran obra teatral". Y entonces la escribí. Cuando eso ocurrió, no lo registré en el diario, lo escribí posteriormente. Necesito un tiempo para saber si los hechos fueron reales o no, esenciales o no, y a veces, me olvido.
-En tus diarios, aparecen los grandes nombres de la literatura y de la música, otra de tus pasiones: Thomas Mann, Beethoven, Platón, Sartre, Camus, Brahms y Mahler. Los dos últimos con cierta reticencia. No hay compositores franceses, salvo Saint-Saëns. Hay pocos creadores menores.-Y sin embargo, me encanta la música francesa, Albert Roussel (El festín de la araña), Debussy. Hay cosas que me gustan y, como dije, no menciono. No sé si cito a Marcel Schwob. Es uno de mis escritores preferidos. El libro de Monelle me parece más interesante que Los alimentos terrestres de Gide. Me paso leyendo los Diarios de Gide y no lo cito. Siempre me impresionó su sinceridad como religioso, como esposo, como homosexual. Otro autor que me fascina, pero a ése lo cito mucho, es Tolstoi.
-Le dedicás un capítulo a Borges, otro a Cortázar, pero uno de los escritores por quien demostrás más cariño y admiración en tus diarios es Leopoldo Marechal. A pesar de eso, no le consagrás un capítulo especial. ¿Por qué?-En el volumen siguiente de los Diarios, hay un capítulo sobre Marechal. Fue uno de los hombres que más quise, a pesar de que pensábamos de un modo muy distinto. Marechal era peronista, yo no lo era. Al principio, Marechal era católico, después dejó de serlo. Marechal me decía: "Vos sos un ateo que cree que es ateo. En el fondo, creés". Yo le respondía: "Con ese criterio, yo podría decir que usted es un ateo que no lo sabe, que cree que cree". Él era un ser de una bondad extraordinaria. Le interesaban los otros. Además, dejaba hablar a Elbia, su mujer. Cuando ella hablaba, él se callaba. Todo eso en un escritor es rarísimo.
-La polémica Sartre-Camus marcó tu generación y, de algún modo, sigue vigente hoy. Para Sartre, era inevitable ensuciarse las manos para cambiar el mundo. Camus, en cambio, creía que el fin no justificaba los medios, defendía la honestidad y la pureza.-Yo estaba del lado de Sartre, pero emocionalmente me encontraba del lado de Camus. El modo de encarar la realidad de Sartre era no hacerle nunca el juego a la derecha; esa posición era la que a mí me servía de medida; pero la honestidad de Camus, que era como la de Gide, me resultaba muy valiosa. La ética y la moral son dos cosas distintas. La ética es una especie de norma que compromete a la especie. La moral tiene que ver con el individuo. Creo que uno, a los seis o siete años, ya sabe distinguir el bien del mal, y de algún modo es consciente de lo que se oculta hasta a sí mismo. Cuando mis padres se separaron, me lo ocultaron, me dijeron que mi madre iba a volver, yo sabía lo que estaba pasando, sabía lo que me estaban ocultando, y me decía:¿cuándo me van a sacar este peso de encima? ¿Cuándo podré dejar de fingir? ¿Por qué me hacen responsable de algo de lo que no soy responsable?
-¿Después de la separación viste a tu madre?-Sólo en dos oportunidades. La hermana de mi madre, con la que prácticamente me crié de chico, ofició de madre. Cuando era muy chico, los sábados y los domingos yo iba a casa de ella y eran días de fiesta. Después, a partir de los siete años, cuando mi madre ya se había ido, viví con mi tía hasta que ella se murió. Para mí, lo ideal hubiera sido que mi padre y mi tía se casaran.
-¿Cómo fueron los encuentros con tu madre?-En una oportunidad, ella quiso verme. Yo lo consulté con papá. Me dijo que la viera. La vi, hablamos. Pero no sucedió nada especial. Después, mucho más tarde, volvimos a encontrarnos. Pero esa relación nunca fue buena. En cierto sentido, yo no tuve madre. Durante mucho tiempo, me quedé con la impresión de que ella me había abandonado. En esa época, no era muy común que eso ocurriera. En mi barrio yo era "ése al que se le fue la madre". El problema no era conmigo, el problema era entre ella y papá. Las razones por las que se separaron las ignoro. Lo que yo sabía era que ese matrimonio andaba mal, aun cuando era increíble lo bien que se llevaban, sobre todo ante mí. Papá se iba y le daba un beso en la frente, nunca se peleaban.
-¿Fuiste al velatorio o al sepelio de tu madre?-No. Tampoco fui al sepelio de mi padre ni al de Marechal. Que los muertos entierren a los muertos. En general, no voy a esos lugares. Prefiero imaginarme viva a la gente.

CIUDADES IMAGINARIAS. RECORRIDO LITERARIO POR LA CIUDAD DE BUENOS AIRES


Ser escritor, cambiar la realidad

Los escritores siempre intervienen, lo quieran o no, en la realidad. Así pensaba Abelardo Castillo, que hoy cumple 80 años. Libro de arena quiere sumarse al festejo, desde acá, con una nota que sólo puede hacer lo que corresponde: homenajearlo. Y aplaudirlo una vez más.


Por Mario Méndez


Que Abelardo Castillo es uno de los mayores escritores argentinos (sin necesidad de decir “vivos”), es para mí una verdad indiscutible. Ahí andan, para sustentar la afirmación, la muy premiada Israfel, “drama en dos actos y dos tabernas sobre la vida de Edgar Poe”, un cálido y a la vez muy duro homenaje a Edgar Allan Poe y su vida de luchador, de soñador, de genio pobre. Ahí está, también, esa maravilla que es El otro Judas, pieza en un acto que nos plantea un Judas diferente y revolucionario, como lo era el Cristo de El evangelio según Van Hutten, esa novela breve, tal vez la más accesible de las que ha escrito Castillo (y quizás por eso mismo la más exitosa en términos de ventas, de llegada al gran público). Y junto a esta novela, o Al que tiene sed (cuyo origen fue una novela breve, o cuento largo, El cruce del Aqueronte, intenso relato que se convertiría, al tiempo, en uno de los capítulos iniciales de la que es quizás su mejor novela), están, además, sus grandes cuentos. Los Cuentos crueles del inicio, que recuerdan y homenajean a Quiroga, o los cuentos más cercanos, magníficos, de Las panteras y el templo. Sin olvidar, por supuesto, los ensayos, como los dos que dedicó a Sartre y Camus, y a la polémica entre ellos: “El argelino silencioso” y “Sartre, treinta años después”, ambos seleccionados por el autor para la Antología personal que le publicara el Instituto movilizador de fondos cooperativos. Finalmente, porque es insoslayable, hay que recordar las dos revistas, indispensables, que fundó y dirigió: El escarabajo de oro y El ornitorrinco.
Hará unos ocho años, en una entrevista que le hiciera Silvina Friera, para Página 12, a propósito del (en ese momento) recién publicado Ser escritor, exquisito libro de misceláneas, Abelardo Castillo respondía así a la pregunta sobre qué significaba ser escritor en los sesenta y que significa ahora:
“El significado sigue siendo exactamente el mismo. Un escritor es un hombre que da su testimonio personal, y lo sepa o no siempre está de algún modo hablando críticamente de la realidad, en 1960 o en 2007. Pero la idea que en general tenían los escritores de la literatura en los años ’60 se ha modificado. Nosotros creíamos –aunque yo todavía tiendo a creerlo– que la literatura servía realmente para algo, que podía cambiar la realidad y que era una especie de instrumento de transformación o de arma de combate. Por supuesto que era una idea pueril, pero de todas maneras permitía escribir y te permitía sentir que lo que estabas haciendo era realmente lo que debías hacer. Hoy no sé si los jóvenes escritores asumen la literatura de ese modo. Entre los ’80 y los ’90, se instaló en el mundo entero un modo de asumir la literatura que hizo que desapareciera el concepto de intelectual. Es como si los jóvenes escritores sintieran –no todos, naturalmente– que un escritor sólo tiene que escribir ficciones y no debe meterse en determinados terrenos como el de la política. Y creo que básicamente están equivocados, porque ponerse por encima de las contradicciones sociales es meramente una expresión de deseos”.
Abelardo Castillo ayudó, en sus talleres literarios, a formar a muchos escritores. Algunos habrá que sí creen que escribir puede servir para cambiar la realidad. Otros no. Para unos y otros, y para los lectores que admiramos a Castillo, y nos hubiera gustado ser parte de sus talleres, esta lección con que el maestro recuerda a su propio maestro. Está en el capítulo “El escritor y sus talleres”, del libro Ser escritor. Castillo la tituló, con gran ironía, “Por el sendero venía avanzando el viejecillo…” y es sencillamente imperdible. 
Puedo decir que asistí a un solo taller literario en mi vida y que duró alrededor de cinco minutos. Yo tenía dieciséis o diecisiete años, había escrito un cuento muy largo llamado “El último poeta” y consideraba que era, naturalmente, extraordinario. Se lo fui a leer, una tarde, a un viejo profesor sin cátedra que vivía en las barrancas de San Pedro, un hombre muy extraño. Bosio Arnaes se llamaba. Leía una cantidad de idiomas. Recuerdo que tenía un búho, papagayos, un enorme mapamundi en su mesa. Él mismo se parecía a un búho, pájaro, dicho sea de paso, que fue el de la sabiduría entre los griegos. La penúltima vez que lo vi el viejo estaba casi ciego, pero se había puesto a aprender ruso para leer a Dostoievski en su idioma original. Eso la penúltima vez. La última estaba leyendo a Dostoievski, en ruso, con una lupa del tamaño de una ensaladera. Era un hombre misterioso y excepcional. En San Pedro se decía que era el verdadero autor del libro sobre los isleros que escribió Ernesto L. Castro y del que se hizo la famosa película. La novela original era una novela vastísima de la que, se decía, Castro tomó el tema de Los isleros. No importa si esto es cierto; era una de esas historias míticas que ruedan y crecen en los pueblos.
De modo que fui a la casa de la barranca y comencé a leer mi cuento, que empezaba exactamente con estas palabras: Por el sendero venía avanzando el viejecillo... Y ahí terminó todo. Bosio Arnaes me interrumpió y me preguntó: ¿Por qué “sendero” y no “camino”?, ¿por qué “avanzando” y no “caminando”?, en el caso de que dejáramos la palabra sendero, ¿por qué “el” viejecillo y no “un” viejecillo?, ya que aún no conocíamos al personaje; ¿por qué “viejecillo” y no “viejecito”, “viejito”, “anciano” o simplemente “viejo”? Y sobre todo: ¿por qué no había escrito sencillamente que el viejecillo venía avanzando por el sendero, que es el orden lógico de la frase? Yo tenía diecisiete años, una altanería acorde con mi edad y ni la más mínima respuesta para ninguna de esas preguntas. Lo único que atiné a decir, fue: “Bueno, señor, porque ése es mi estilo”. Bosio Arnaes, mirándome como un lechuzón, me respondió:
–Antes de tener estilo, hay que aprender a escribir.

jueves, 26 de marzo de 2015

El mundo de Flannery O’Connor

Un mundo poblado de sujetos en el borde de lo socialmente aceptado, un mundo freak en el sur de Estados Unidos, ese es el mundo de Flannery O’Connor. La ficción, para la escritora estadounidense, es una expresión misteriosa del siempre inasequible sentido de la creación. En su natalicio, Libro de arena publica una mini biografía escrita por Alvar Torales.


Por Alvar Torales


Del personaje que ella misma constituía hay que decir que no se empareja con la imagen que podemos tener hoy de una escritora. De hecho, es descripta como una dulce y sencilla mujer que bien podría haber sido una simple bibliotecaria, habitante de pago chico, que adoraba la naturaleza y criar aves siguiendo una vida apegada a la formación católica que le dieron sus padres. Tampoco se parece a los personajes sórdidos y desamparados que creó con su prosa.  Los críticos coinciden en señalar que su estilo se parece, sin imitar, por supuesto, al de Faulkner, aunque ella admite haber accedido a su lectura recién en sus estudios de posgrado. No deja de ser estudiada como representante del gótico sureño.  Graduada en letras, se dedicó al principio a la enseñanza, hasta que entró por una beca a trabajar en la facultad de escritura creativa de la universidad de Lowa. En su literatura aparecen los temas religiosos que eran su verdadera preocupación, como la salvación y la redención. Su devoción religiosa gobierna todo el sentido de su obra, según ella misma admitió públicamente. En su colección de prosa Mistery and Manners, cuenta “…porque yo no descreo de la cuestión espiritual ni soy ambigua en mis creencias. Miro desde la perspectiva de la ortodoxia cristiana. Esto significa que el sentido de la vida está centrado en nuestra redención por parte de Cristo. Y lo que veo en el mundo lo veo en relación con esto. No creo que sea una posición que se pueda tomar a medias o que sea, en estos tiempos, particularmente fácil hacerlo de manera transparente en la ficción.” Su primera novela, Sangre Sabia, (1952), en la que trabajó seis años fue seguida de Los violentos lo arrebatan (1960), y de 31 relatos breves, recogidos en dos libros: Un hombre bueno no es fácil de encontrar (1955) y Todo lo que asciende tiene que converger. Sus últimos días los pasó enferma de lupus, en una granja de Georgia, al cuidado de su madre.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Agenda semanal de actividades literarias

Todas las semanas el programa Bibliotecas para armar ofrece una serie de actividades gratuitas destinadas a promover el vínculo de las bibliotecas comunitarias con aquellas personas interesadas en formarse en temáticas relacionadas con el libro y la lectura. Además, brinda talleres especialmente pensados para niños y adolescentes



Miércoles 25

El espesor del presente. Tiempo e historia en las novelas de Juan José Saer
Presentación del libro de Florencia Abbate, publicado por el sello Eduvim.
El evento contará con la presencia de la autora y Alberto Díaz (editor de Saer, director de Emecé), Aníbal Jarkowski (novelista, crítico, profesor de la Universidad de Buenos Aires) y Guillermo Saavedra (poeta, periodista cultural y director de la revista Las ranas).
A las 19 hs.
Biblioteca Nacional, Sala Juan L. Ortiz, Agüero 2505

Lenguajes y manipulación lingüística. Lenguajes en contacto, intervenciones lingüísticas y medios de comunicación
Presentación del libro de Pedro Sonderéguer, publicado por Editorial Biblos.
El autor ofrecerá, en diálogo con Martín Menéndez, una disertación en torno al fenómeno de intercambio lingüístico que ocurre cuando dos lenguajes coexisten.
A las 19 hs.
Biblioteca Nacional, Sala Augusto Raúl Cortázar, Agüero 2505

El Informe C
Presentación de la publicación online que exhibe pactos experimentales entre filosofía, economía política, investigación jurídica y práctica de los actos del habla.
A las 19 hs.
Museo del libro y de la lengua, Auditorio David Viñas, Av. Las Heras 2555


Jueves 26

Escritores desde el fondo
Ciclo de tres encuentros organizado por el Fondo de Cultura Económica.
Diálogo entre valores consagrados de la literatura y jóvenes autores de demostrada solvencia. Los autores leerán su obra frente al público para explorar, desde distintas miradas temporales, estéticas y géneros literarios, las diversas aristas que componen la literatura argentina contemporánea. Cada autor leerá parte de su obra reciente y al final contestarán preguntas de los asistentes.
Luisa Valenzuela y Oliverio Coelho
A las 18:30
Librería El Ateneo Grand Splendid, Av. Santa Fe 1860, CABA.

ONJ
Ópera prima de Bimbo Godoy. Manila no es la misma desde que su hermana hizo lo que hizo. Es hora de una "intervention" por parte de Alexia y Laila. Porque eso es lo que hacen las amigas...
Entrada: $60
A las 21 hs.
Centro Cultural Rojas, Sala Cancha, Corrientes 2038

Cartas de la Dictadura
Inauguración de la muestra que exhibe la riqueza de los textos de más de veinte personas, dos mil cartas que exceden las seis mil hojas: un mosaico de géneros y edades, de todas las ideologías y religiones, en libertad o en cautiverio, desde exilios internos o externos. Palabras de ida y vuelta que permitieron sobrevivir y dejar testimonio a sus protagonistas en tiempos difíciles.
A las 19 hs.
Biblioteca Nacional, Sala Juan L. Ortiz, Agüero 2505

Ni una menos
Escritores, periodistas y artistas convocan a una maratón de lecturas, proyecciones y performance contra el femicidio.
A partir de las 16 hs.
Museo del libro y de la lengua, Plaza Boris Spivacow, Av. Las Heras 2555

El séptimo bastón de Dios, Argentum y 10 pasos para crear ficciones
En esta oportunidad, se presentan tres libros del escritor, realizador y docente universitario, Ramiro San Honorio.
A las 19 hs.
Biblioteca Nacional, Sala Augusto Raúl Cortázar, Agüero 2505

Luca y el cine. Las favoritas de Luca
Cuatro buenas películas que bastante poco tienen que ver entre sí. Todas sirven para tomar apuntes, para espiar el imaginario de un artista.
Se proyectará: Luca, dirigida por Rodrigo Espina (2007).
A las 19 hs.
Museo del libro y de la lengua, Auditorio David Viñas, Av. Las Heras 2555


Viernes 27

Hacen falta molinos
La editorial Huesos de Jibia, presenta el libro de la poeta, dramaturga y narradora pampeana, Vilma Sastre.
A las 19 hs.
Museo del libro y de la lengua, Auditorio David Viñas, Av. Las Heras 2555

Poéticas de liminalidad, Ciclo de Historia y Teoría Teatral de AICA
“Dramático y no dramático: poéticas de liminalidad en el teatro argentino contemporáneo", Conferencia de Jorge Dubatti: Coordinador del Área de Investigación en Ciencias del Arte (AICA).
A las 19 hs.
Centro Cultural de la Cooperación, Sala Nelson Giribaldi, Corrientes 1543

El estado natural
Ópera prima de Paula Salomón. Un espacio cerrado. Objetos diseminados. Una toalla con la imagen de un tigre. Una carpa. Un retiro existencial. Tres personajes se preguntan sobre el tiempo presente, abordan el lenguaje y contemplan la naturaleza, como si fuera la primera vez que se acercan a estos conceptos.
Entrada: $60
A las 21 hs.
Centro Cultural Rojas, Sala Cancha, Corrientes 2038

La poesía mexicana de la época prehispánica a nuestros días
Conferencia del Dr. Víctor Toledo que recorre el derrotero de la poesía mexicana desde sus orígenes hasta la modernidad. Presenta, María Isabel Saavedra.
A las 19 hs.
Biblioteca Nacional, Sala Juan L. Ortiz, Agüero 2505


Sábado 28

Cómo leen los escritores.
Encuentro Federal de la Palabra
Ciclo organizado por la Biblioteca Nacional en el café literario del Encuentro Federal de la Palabra. En esta ocasión participan Florencia Abbate y Diego Erlan.
A las 17 hs.
Tecnópolis, Av. Gral. Paz y Constituyentes
Entrada: $40

Indio en la Biblioteca. El tesoro de los inocentes
Lunes a viernes de 9 a 21 hs. | Sábados y domingos de 12 a 19 hs.
El tesoro de los inocentes. Indio en la Biblioteca es una exposición que ofrece una aproximación a uno de los hechos artísticos más relevantes y populares de la cultura argentina contemporánea: la obra de Carlos “Indio” Solari.
Biblioteca Nacional, (Agüero 2502).


Domingo 29

Cómo leen los escritores.
Encuentro Federal de la Palabra
Ciclo organizado por la Biblioteca Nacional en el café literario del Encuentro Federal de la Palabra. Eduardo Sacheri y Carlos Bernatek, cierran el ciclo.
A las 17 hs.
Tecnópolis, Av. Gral. Paz y Constituyentes


Martes 31

VERBUM.
Diálogos públicos sobre la Palabra en Escena.
Alfredo Megna dialoga con prestigiosos directores/as y actores/trices de nuestro país. Estará invitado para este encuentro: Ruben Szuchmacher/ Ingrid Pelicori
A las 19 hs.
Museo del libro y de la lengua, Auditorio David Viñas, Av. Las Heras 2555


Convocatorias

IV Premio de literatura experimental (España)

Género: Poesía, prosa, novela, relato, teatro, ensayo
Premio: Edición
Abierto a: sin restricciones
Entidad convocante: Sporting Club Russafa
País de la entidad convocante: España

Fecha de cierre: 27 de marzo de 2015
Más información: aquí

viernes, 20 de marzo de 2015

La memoria y la escuela

Para que la memoria histórica esté siempre viva la literatura tiende una mano y hace ficción duras verdades tan difíciles de contar como imprescindibles. Adelantándose al 24 de marzo en que se conmemora el día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, Libro de arena publica una nota de Mario Méndez especialmente pensada para mantener el recuerdo y la reflexión siempre encendidos.


Por Mario Méndez

Como cada 24 de marzo, desde hace algunos años,  se conmemora en el país el día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. En las escuelas se recordará ese día con un acto (en la escuela de mi hija Violeta, será con un sabor más especial que nunca para mí, porque la eligieron abanderada), y se trabajará en las aulas, muy probablemente, con textos literarios que tienen que ver con esos años negros de la última dictadura cívico militar, la más cruel de todas, y las historias de resistencia, de persecuciones, de guerra, de exilio y de dolor que vienen aparejadas. Libros hay muchos, y muy buenos. Desde el imprescindible El mar y la serpiente, de Paula Bombara, hasta el último que leí, que toca de cerca este tema (y otros más, como debe ser en una buena novela), Piedra, papel y tijera, de Inés Garland, pasando por Origami de  Eduardo González, El año de la vaca, de Márgara Averbach, El secreto del gorrión, de Mario Lillo, Nunca estuve en la guerra, de Franco Vaccarini, Nadar de pie, de Sandra Comino, Rompecabezas, de María Fernanda Maquieira, Manuela en el umbral, de Mercedes Pérez Sabbi, La soga, de Esteban Valentino o el Quien soy. Relatos sobre identidad, nietos y reencuentros, en el que Paula Bombara, María Teresa Andruetto, Iris Rivera y yo tomamos cuatro casos reales de apropiaciones de nietos que luego fueron recuperados, y los ficcionalizamos para que fueran leídos por niños y jóvenes.
Estos, y otros tantos, son libros que les sirven a los docentes para acercar a sus alumnos, y discutir con ellos, historias de nuestra Historia reciente, enmarcadas en buena literatura. Creo que es más que celebrable que se opte por las novelas y cuentos para poner en cuestión un tema que todavía, y por mucho tiempo (esperemos que para siempre) estará vivo en nuestra memoria patria. Por eso, para sumarnos desde este blog, vaya un recuerdo a un cuento que no escribió un argentino, sino un chileno, Antonio Skármeta. Se llama “La composición” y les dejamos este fragmento, el que da pie a la composición que escribirá Pedro. Desde luego, los invitamos a que lo lean completo, porque el cuento es de una belleza conmovedora.
“La maestra dijo:
-De pie, niños y bien derechitos.
Los niños se levantaron. El militar sonreía con sus bigotes de cepillo de dientes bajo los lentes negros.
-Bien -dijo el militar-. Saquen sus cuadernos... saquen lápiz… ¡Anotar! Título de la composición: ‘Lo que hace mi familia por las noches´. ¿Comprendido? Es decir, lo que hacen ustedes y sus padres desde que llegan de la escuela y del trabajo. Los amigos que vienen. Lo que conversan. Lo que comentan cuando ven la televisión. Cualquier cosa que a ustedes se les ocurra libremente con toda libertad.”


jueves, 19 de marzo de 2015

Los libros de "Leyendo espero" en Mima Peinados

El mobiliario con los libros del proyecto "Leyendo espero" llegó a Peinados Mima. Los clientes ya pueden disfrutar del placer de la lectura en los ratos de espera.




Peinados Mima
Paraná 585
San Nicolás
Comuna  1

Fleco y las palabras

Tres historias en una. La historia del juego de palabras, la historia de otro juego con la palabra, el juego de la conquista amorosa, y la historia del autor con su creación. Libro de arena publica una recomendación de lectura de Mateo Niro a propósito del libro Fleco y las palabras.



Por Mateo Niro


Fleco es el nombre de un libro muy divertido de Claudia Maiocchi editado por la Abran Cancha, la editorial de la genial Adela Basch. A Fleco, el protagonista del libro, un chico de 12 años, le gusta muchísimo leer. Y también contar historias. Tanto, que sus amigos de la escuela, cuando tienen hora libre, apagan la luz y le piden a Fleco que les cuente relatos de fantasmas, de sótanos misteriosos y de pasos tenebrosos en la noche. Por esa habilidad y por pura astucia, Fleco se transformó así en un escritor profesional de piropos, versos y redacciones para sus compañeros.
Este libro narra tres historias que tienen a Fleco como protagonista. La primera cuenta sobre cierto día en que la maestra les tomó una prueba de lengua muy muy fácil y Fleco, por el afán de divertirse o demostrar todas las posibilidades que dan las palabras, respondió la consigna como mejor le parecía (y no como se debía). En el segundo cuento, el de “El extraño caso del Dr. Fleco y Mr. Chat”, lo que pasa es que Fleco se enamora de Carolina y que alguien le usurpa su alias del chat y comienza a decirle cosas feas a ella como si fuera él. Eso hace que el superhéroe de la gramática deba transformarse en el superciberdetective. El último de los cuentos es un relato íntimo que muestra a la autora reflexiva y afectuosa con el personaje de su libro, el propio Fleco.     


Fleco y las palabras
Claudia Maiocchi
Ilustraciones de Alex Dukal
Buenos Aires, Ediciones Abran Cancha.