viernes, 29 de enero de 2016

Baldanders según Iris Rivera

Además de Borges, otra autora argentina ha sido seducida por la evanescente apariencia de BaldandersIris Rivera. Quizás inspirada en las palabras del maestro (no podemos olvidar su novela El mono de la tinta, en la que la autora nos pone, entre otros, frente al propio Borges, al ya mencionado mono de la tinta, al gato Beppo y a la mismísima madre del poeta, como personajes), Iris Rivera nos regala estos versos, bellamente ilustrados por Tania de Cristóforis.



Baldanders

En la torre
las agujas del reloj
no dejaban de girar

Iban tan lentas
que el giro apenas se notaba
y en eso iba pensando él
cuando algo lo distrajo.

En medio de la plaza
una muchacha se iba arrepollando
con movimientos de bailarina clásica.
Imitaba las formas de una flor.

Él empezó a acercarse:
- ¿Vos quién sos?

Y ella, como quien suelta un perfume:
- Me dicen Baldanders.

Él la miraba
vaporosa de pétalos
y tanto la miró que le empezaron a zumbar los ojos
a crecerle en la espalda unas telas translúcidas
unas alas de insecto.

Y voló alrededor.
Una vuelta
otra vuelta
otra vuelta
y el zumbido.

Pero ella todavía no era flor completa
cuando empezó a gotear.
- Me dicen Baldanders.


A él se le cristalizaron los círculos del vuelo
se le hicieron de vidrio.
Ya que ella goteaba como agua
él, como vaso, la iba a recibir.

Pero ella se fue poniendo espesa
y fue cambiando de color.
- Me dicen Baldanders.

Él no alcanzaba a contenerla
por eso fue dejando de ser vaso
y quiso zambullirse en los colores de ella.

Pero ella no permaneció.
-  Me dicen Baldanders.

Él, resoplando, se fue volviendo viento.
Entonces ella, pluma, se dejó soplar
y así bailaron ella y él.

Pero ella no acababa de ser pluma.
-Me dicen Baldanders.

Pluma en el viento
ella se fue volviendo música
y él la interpretó.

Ella
que no permanecía
se endureció sobre las cuerdas
hasta volverse uña
y él se hizo dedo.

Ella desembocó en aceite
y él fue sartén.

Cuando ella fue baldosa
él se volvió vereda.
- Me dicen Baldanders.

Ella era espina
y él fue cactus.
Ella fue luz
él fue farol.

-Me dicen Baldanders.

Ella fue hamaca
él se hizo impulso.
Pero ella no permanecía.

-  Me dicen Baldanders.

Hamaca a pasto, pozo, astilla
abanico, campana, silbido, papelito
nido, paraguas, lombriz…

- Me dicen Baldanders.

Y él era impulso, escoba, tierra, hacha
sombra, oración, oreja, chocolate
pichón, llovizna túnel…
pero ella estaba hecha de cambiar.


Cambiando y más cambiando desembocó en maullido
y él se hizo gato para poderla maullar.

Y fue el gato, no él
quien se trepó a los techos
el que subió a la torre
el que llegó al reloj.

Pero fue él, no el gato
quien se ocupó de las agujas.
Las ajustó bien justas
para que no giraran más.

Entonces todo se detuvo en una foto
con ella interrumpida entre maullido y queso
y él, a medio camino
entre gato y ratón.





Baldanders
Iris Rivera
Ilustraciones: Tania De
 Cristóforis
Buenos Aires, Macmillan, 2012











Iris Rivera: es escritora, docente de nivel inicial y medio, profesora de Filosofía y Ciencias de la Educación, ha colaborado con varias publicaciones infantiles como AnteojitoAZ DiezPunto de Partida y Billiken. Dicta y coordina talleres literarios para niños, jóvenes y adultos en Buenos Aires. En 2014, recibió un Diploma al Mérito de los Premios Konexpor sus cuentos infantiles. 

miércoles, 27 de enero de 2016

Una canción de cuna

Tal vez la infancia pueda parecer un país lejano, pero una infancia japonesa puede serlo mucho más aún. Una canción de cuna japonesa es, más que una rareza, un interesante paseo por la perspectiva con que es visto un niño cuyo cuidado es motivo del lamento de la desesperada niñera. Libro de  arena comparte un artículo lleno de humor, del escritor Sebastián Vargas, sobre el texto “Canción de cuna de Takeda”, anónimo japonés del siglo XIX, por Akai Tori (1971).





Por Sebastián Vargas


A Carola Martínez, Belén Torras, Laura Olivero y Andrea Moglia.


Comienzo aquí una nueva serie, dedicada a canciones de cuna. Más particularmente, a canciones de cuna inquietantes, poco apropiadas para inducir o conciliar el sueño.
Y empiezo por una hermosísima canción de cuna japonesa, “Takeda no komoriuta”, lo que evidentemente significa “Canción de cuna de Takeda”. Takeda no es nombre de persona, sino de lugar: un pueblo rural en la región de Kioto, donde se cree que surgió esta música. Puse que es del siglo XIX, pero la verdad, no encontré en ningún lado una confirmación sobre esa fecha: la canción podría ser más antigua aún, o más moderna y haber nacido en los albores del siglo XX.
Takeda es el pueblo, dijimos. Eso significa que no sabemos el nombre de la pobre chica que co-protagoniza esta canción. La yo poética (in your face, Germán Machado) es una adolescente pobre que trabaja, lejos de su pueblo natal, como niñera para una familia rica.
Esta canción de cuna, curiosamente, no muestra ninguna simpatía hacia el bebé (que es tradicionalmente un personaje muy bien considerado en el género).
Se acerca la celebración budista del festival Obon, durante el cual las familias visitan las tumbas de sus ancestros, recordando y honrando sus espíritus. Esa celebración es una especie de vacación, y todos viajan y se reúnen en los solares de origen de sus familias.
El festival incluye una danza tradicional, una suelta de farolitos encendidos y largos paseos, en los cuales todos usan sus mejores vestidos, conversan cortés y cautelosamente, comen pescado crudo y alimentos gelatinosos, arman grullas de origami, alzan la voz porque sí en oraciones sueltas, preparan complicados arreglos florales, amenazan con cometer sepuku ante cualquier inconveniente, trabajan horas extra sin que les paguen, y otras costumbres japonesas.
Pero para la niñera cantora, la llegada de tan esperado festival no es una buena noticia, pues está condenada a seguir cuidando a ese bebé con el que no tiene un especial afecto y que se la pasa llorando. Tal vez el bebé llora porque ella no es una buena niñera; o quizá ella no es buena niñera porque el bebé, al llorar todo el tiempo, no le da oportunidad: decidan ustedes.
El caso es que se acerca el festival, y ella no tiene buenas ropas, y está cada vez más delgada por cuidar todo el tiempo a ese bebé. Y el bebé, demoníaco como el de Rosmary, llora que te llora, todo el día y todos los días, enloqueciéndola.
La canción termina con ella anunciando cuán alegremente renunciaría a ese trabajo infame y volvería a su pueblo, a la casa de sus padres. Pero por cómo lo dice, es evidente que no puede realizar su proyecto: no puede irse de allí, no puede regresar más que con el deseo, y la única música que oirá durante el festival Obon será el incesante llanto del mocoso.
A quien, en última instancia, habría que agradecerle sus cuerdas vocales y su perseverancia en el berreo, porque da pie a una melodía muy triste y muy bella, que bien serviría como canción de cuna, si nos olvidamos de la letra o, simplemente, nos rebelamos a aceptar el japonés como idioma y lo interpretamos como un rebuscado tarareo.
La grabación elegida es la famosísima versión del grupo folclórico japonés Akai Tori, que a comienzos de los setentas vendió, en pocos años, más de un millón de discos de esta canción, lo que la debe convertir probablemente en una de las más “comerciales” canciones de cuna del mundo.
El videoclip elegido fue armado con algunos fotogramas de una película japonesa guionada a partir de la canción, y otras imágenes más o menos apropiadas.


竹田の子守唄
守も嫌がる 盆から先にゃ
雪もちらつくし 子も泣くし

盆が来たとて 何嬉しかろ
帷子は無し 帯は無し

この子よう泣く 守をばいじる
守も一日 痩せるやら

早よも行きたや この在所越えて
向こうに見えるは 親の家
向こうに見えるは 親の家

Takeda no komoriuta

Mori mo iyagaru, Bon kara saki-nya
Yuki mo chiratsuku-shi, Ko mo naku-shi

Bon ga kita-tote, Nani ureshi-karo
Katabira wa nashi, Obi wa nashi

Kono ko you naku, Mori wo ba ijiru
Mori mo ichi-nichi, Yaseru-yara

Hayo-mo yuki-taya, Kono zaisho koete
Mukou ni mieru wa, Oya no uchi

Mukou ni mieru wa, Oya no uchi
Canción de cuna de Takeda

Odiaría hacer de niñera más allá del festival Obon.
La nieve comienza a caer y el bebé llora.

¿Cómo puedo estar feliz aunque ya llega el festejo?
No tengo bellas ropas ni un cinturón para ponerme.

Este nene sigue llorando, es malo conmigo.
Cada vez estoy más delgada, pues él llora todo el día.

Sin dudarlo renunciaría y volvería
a la casa de mis padres, allá lejos.

A la casa de mis padres, allá lejos.

Afuera está cayendo también algo así como nieve, así que yo también, al compás de este tema, voy a lamentarme un buen rato por mis desgracias y por la limitación de mi guardarropas. O tal vez prefiera llorar como bebé malcriado, voy a ver cómo viene la mano de mis pulsiones.

Los saluda sin consuelo ni sueño,
DJ Vago

Publicado originalmente: aquí

lunes, 25 de enero de 2016

La palabra poética

Contra la muerte aún no se ha inventado nada, pero frente a la muerte la palabra poética puede funcionar como antídoto. Hay que atreverse, con la palabra como armadura, a enfrentarla y mucho más todavía cuando el destinatario de una historia es el público infantil. Libro de arena presenta hoy la reseña sobre Como si el ruido pudiera molestar, de Gustavo Roldán.


Por Alma Rodriguez

Hablar de “muerte” en literatura infantil no es moneda corriente. Como todos sabemos, existen innumerables tópicos a los que se puede recurrir frecuentemente, pero hay otros temas que no son susceptibles de ser abordados con la misma naturalidad o, si lo son, corren el riesgo de convertirse en obras desterradas, no elegidas y en definitiva no leídas, olvidadas. Cierta vez, en una entrevista, le preguntaron a Gustavo Roldán cuáles eran para él los temas tabúes en la literatura infantil, a lo que  respondió: 
"El sexo, la muerte, las malas palabras, los grandes temas que les interesan a los chicos... la política.”  Cuando, luego, se le preguntó si había censura, dijo: "La censura se ejercita de maneras muy perversas, porque está oculta. Un libro que queda en el cajón de un escritorio y no puede ser ni visto ni leído por ningún niño, no existe..."
A partir de estas palabras de Roldán es que Sandra Comino expresa en su artículo titulado “Esto no es para vos” y  presentado por la autora en el marco de las Jornadas para Docentes y Bibliotecarios "Libros infantiles y juveniles. Libros diversos, múltiples lecturas" de la 13ª Feria del Libro Infantil y Juvenil (Buenos Aires, julio de 2002): “En mi opinión hay un tipo de censura vivita y coleando que es por omisión y está vinculada con la temática. (…) El punto para detenerse es qué pasa con aquellos textos que hablan de temas que no aparecen demasiado en este campo de la literatura infantil y que sí aparecen sin problemas en la literatura para adultos. (…) La contradicción viene a cuento: ¿Por qué en un país donde la violencia es la tapa del día, es malo hablar de la muerte? ¿Y cómo sé que es malo hablar de la muerte? Porque no encuentro muchos libros que hablen de la muerte.”
Uno de los pocos autores de LIJ que se animó a hablar sobre la muerte fue Gustavo Roldán. La historia que él cuenta, en “Como si el ruido pudiera molestar”, transcurre  en un ámbito bucólico poblado de animales en el que, de pronto, la muerte viene a llevarse al tatú viejo. Comienza la historia diciendo: “Fue como si el viento hubiera comenzado a traer las penas. Y de repente todos los animales se enteraron de la noticia. Abrieron muy grandes los ojos y la boca, y se quedaron con la boca abierta, sin saber qué decir. Es que no había nada que decir. Las nubes que trajo el viento taparon el sol. Y el viento se quedó quieto, dejó de ser viento y fue un murmullo entre las hojas, dejó de ser murmullo y apenas fue una palabra que corrió de boca en boca hasta que se perdió en la distancia. Ahora todos lo sabían: el viejo tatú estaba a punto de morir.”  La muerte sorprende a todos y no hay explicación posible (no encuentra explicación una persona, mucho menos un animal…) hasta que llega un sapo muy sabio que parece tener la mejor manera de hablar acerca de este tema. El sapo con total tranquilidad puede explicarle al resto “que todos los animales viven y mueren. Que eso pasaba siempre, y que la muerte, cuando llega a su debido tiempo, no era una cosa mala.” Y les explica, además, que si alguien hizo todo lo que tenía que hacer ya podría morir tranquilo porque la muerte, cuando llega en tiempo y forma no es mala, es más, es una parte de la vida, la parte del final, donde la película termina de verdad y no como en esos films modernos en los que nos quedamos para ver si hay algo más.

El cuento retoma con valor un tema poco común en la literatura infantil para darle vida junto a la palabra poética. La literatura es ese lugar donde vive esa palabra poética, es el hábitat en el cual las palabras no mueren. La palabra poética eternizadora y eternizada funciona, así, como un antídoto contra la muerte.


Como si el ruido pudiera molestar
Gustavo Roldán
Buenos Aires, Norma, 2010














*Alma Rodriguez: es licenciada en Letras, se especializa en literatura infantil y juvenil y en este ámbito participadel espacio de investigación a cargo de Lidia Blanco en La Nube.

miércoles, 20 de enero de 2016

Blanco sobre negro

La cabeza de Goliat tiene sus íconos, sus hitos; tiene sus zonas, las tradicionales, las pintorescas y las elegantes, las abandonadas y las recicladas. Y también tiene sus vasos comunicantes, sus sistemas, sus regularidades. El subte que comunica los lugares de la ciudad es también espacio para la expresión artística, e indudablemente refugio de su historia. Muchos artistas han dejado su huella allí. Libro de arena publica una crónica sobre la obra tripartita "0908", montada en un punto neurálgico de este medio de transporte por el artista plástico Pablo Siquier.




Por Cecilia Galiñanes


Ni el día de calor más furioso ni la jornada más apurada logran hacerme quitar la mirada, aunque más no sea una veloz e instantánea, del mural de Pablo Siquier que se encuentra en el subte. Invariablemente me inquieta.
Con la precisión de una impresión digital, o como si estuviera ploteado, se suceden en 600 cerámicos en una extensión de unos 36 metros, líneas y más líneas que se cruzan, se abren, se separan, vuelven a intersecarse, como si se desprendieran una de otra a la manera del calco; forman un falso relieve que funde negro y blanco en una continuidad laberíntica, parecida a la de un mapa, una huella dactilar, un circuito integrado.
Ruedas, engranajes, rieles, conductos, vías, líneas de fuga se asoman a la imaginación que despierta la obra y nos tienta a adivinar qué conexión particular guardará todo ese gran despliegue en solo dos colores, o más bien uno, el negro, con nuestro mundo. ¡Son los engranajes secretos de una máquina! pienso mientras paso y a la vez supongo que todos ya pensaron lo mismo. En el fondo todo puede ser resumido a un esquema general y el mural de Siquier puesto ahí en medio del subte no hace sino decirnos en la clave del arte abstracto esa suerte de sentido matemático de la realidad. Hasta su nombre es un número. Por eso sigo caminando hasta llegar al siguiente andén y no me puedo sacar la idea de que el subte es la máquina y que la obra está allí señalando esta obviedad, o la máquina es la ciudad, nuestra vida o nosotros mismos cada vez que seguimos el paso de un ritmo maquínico. Sin importar lo que signifique, una y otra vez me es imposible dejar de observar el mural que fatalmente captura mi mirada tratando de entenderlo. Creo que no es menor la presencia de un artista como Pablo Siquier, del que una pintora amiga siempre me recuerda que es el único plástico argentino cuyas obras se exhiben en el Reina Sofía, en España. Asegura la búsqueda de una estetización de ese espacio de transporte público porteño, siempre arduo y duro de transitar, que se encuentra poblado por otras tantas firmas en muchas de sus estaciones.

La obra está emplazada en el pasillo oblicuo que comunica la estación diagonal Norte de la línea C con las estaciones 9 de Julio de la línea D y Carlos Pellegrini de la B, y fue instalada en 2009 para los festejos del Bicentenario como una donación del artista al programa “Subtevive”. Está montada en tres partes que forman un prisma siguiendo el recorrido de la disposición triangular que une los tres pasillos. Me pregunto si no se pierde allí en medio del trajín frenético que el subte le depara, y si bien detenerse resulta difícil es cierto que vale la pena observarla. Es una obra que puede ser vista así, es una obra de la rapidez y la fugacidad, del movimiento regular, del recorrido. Esa es la mirada que espera y que acompaña.

martes, 19 de enero de 2016

Un registro del mundo en el detalle

¡Un refugio en la poesía para los lectores que andan en busca de palabras que sosieguen los nervios y el vértigo de la vida cotidiana! Esto recomienda con fervoroso entusiasmo Diego Di Vincenzo cuando propone ir en busca de Los que fueron,poemas de Cecilia Romana. Toda vez que la poesía rehúye de la lógica editorial y de mercado se convierte en resguardo de la lengua a la que vuelve y renueva permanentemente, siempre esperando a que el lector se asome y se maraville. El artículo que hoy publica Libro de arena recorre la aventura que hace a la vida y obra de la autora, la edición corresponde a Ediciones Cabiria, Colección Vidanueva, Buenos Aires, 2012.

Por Diego Di Vincenzo

Cecilia Romana ha sido y sigue siendo una aventurera entusiasta de las ocasiones literarias. Y digo “aventurera” como quien dice: la producción y la circulación de la poesía es un ejercicio cargado de alegría, unido indefectiblemente a la amistad como asociación de intereses comunes, espacio de arrojo vital y poético. Aventurera, además, porque la ocasión de la literatura es siempre un impulso hacia lo que todavía no ha sido dicho. Fundadora con Marina Serrano y Mercedes Araujo del sello Sigamos enamoradas (tal vez uno de los intentos más genuinos por desarropar a la poesía de sus tufos académicos, solemnes y bastardos), esta poeta bonaerense nacida en Martínez a mediados de la década del setenta, residente y conocedora alucinada de la ciudad de Santa Fe, obtuvo en 2006 el prestigioso Premio de Poesía Iberoamericana Sor Juana Inés de la Cruz (Conaculta, México), y además de publicar poesía (Flota, hangares y otros trabajos mecánicos, Ediciones del Copista, 2004; No lo conozcas, 2006, merecedor del Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, entre otros títulos), también escribe narrativa para niños (Fue acá y hace mucho. Antología de leyendas y creencias argentinas, en Kapelusz editora), edita antologías (Hotel Quequén I, II y III) y participa en libros de texto como colaboradora de Kapelusz, la centenaria editorial escolar.
En Los que fueron se diría que hay un sino de profeta, una voz que sentencia y desgrana su tradición en el mundo de los antiguos griegos, los hebreos bíblicos, la fauna del horóscopo chino. Se trata de una serie de poemas que beben de las mamas ancestrales de la Naturaleza, del ciclo (ritual) de la sucesión de la vida. En efecto, una poesía profundamente primitiva en sus evocaciones y gestos, asociada al despertar de la vida como estado salvaje, al destello de lo que busca abrirse paso a través de la máscara ominosa de las culturas urbanas: tal vez por eso casi no hay mención de la Ciudad de Buenos Aires; sí, en cambio, de algún barrio de Santa Fe capital, donde Romana residió unos años, y de espacios y tiempos de la Zona Norte del Gran Buenos Aires (Maipú, la avenida principal de Vicente López). También recuerdos de infancia, es decir, de ese relato primario que es prehistoria de identidad y futuro. La única alusión de una calle porteña (la palermitana Honduras, en el poema “Una alfombra para dos escritores”) registra una experiencia amorosa fallida. Una poesía que encuentra lo esencial de la experiencia humana en lo que ésta tiene de primigenia, abarrotada y caótica (mítica). El libro se abre con una cita del gran poeta griego Capetanakis: ... la sempiterna ambigüedad de las cosas/ que hace que nuestra vida signifique muerte, nuestro amor sea odio, y se cierra con el mismo espíritu (los versos finales del último poema del libro “Terrier”, dicen esto: ... sobre esta brutalidad construiré nuestro amor).
Por eso, este poemario evoca a Tiresias, el sabio ciego de la tragedia griega (el género de Dionisio, origen del teatro, dios del ciclo vital que se hace trizas y vuelve a vivir; dios del desenfreno: Un día una noche estaba borracho y me dijo: te quiero mucho, mucho, mucho, se lee en “Una noche-un día”), trae a los indios, y a los soldados, los regimientos, la guerra, es decir, a esos actores de la largas luchas intestinas previas a la instauración del Estado nacional. Por eso, hay San Francisco (el “santito” de la oda eterna a la Creación, a la naturaleza, a los animales), y hay tierra, flores y otros modos de resistir las mediaciones de la civilización técnica. La evocación del mundo dionisíaco, decíamos, pero también de la fuerza vital de Nietzsche o de la amenaza al Ser de Heidegger; un persistente olor de temas y tópicos también preurbanos, los de la poesía española medieval: Querrías ser mi hijo, soldado, piensa en “Gajes del ama de casa”).
Como señala uno de los poemas (hay una cierta fijación por el detalle), la forma de la enunciación en que este sujeto poético quiere construirse encuentra un registro del mundo en el detalle, en los intersticios o huecos; mira con lúcida sorna lo que queda fuera del poema (en particular, a los varones, a quienes reverencia con afán maternalmente erótico), y ese mundo se levanta en el poema evocado por una voz aniñada que, la mayoría de las veces, no comprende bien lo que allí sucede. Entre esas formas, se cuela también una rebeldía nunca colérica, más bien risueña, al estilo de la Alicia de Carroll, o maravillada, como la que nos entregó para siempre el pequeño Rimbaud. Rebelión que es pregunta, tristeza, despabilo.
Como las mujeres que habrán sido sus abuelas o tías, que mirarían por la ventana mientras zurcían calcetines, el mundo del que esta Romana se preserva tiene espacios privilegiados: la casa y el barrio, los baldíos, las flores y los animales, un marido y una hija, un amor para siempre.
Querría, querido lector, invitarlo con especial recomendación a leer este libro. Ya se sabe: se edita poesía a través de premios y premiaciones, proyectos independientes. Pero las tiradas son chicas, y la distribución, escasa. No hay duda de que la mejor manera de acceder hoy a la poesía es a través de Internet. ¡Quiera el editor de Cabiria desparramar estos versos por el mundo a través de la web! Tendrá usted, entonces, la ocasión de asomarse a una poesía que guerrea contra la automatización de la vida. Y que busca refugio en los espacios más inmediatos (a diferencia de los grandes proyectos estéticos del siglo XIX, en los cuales todo estaba lejos de casa), en los que Romana asienta todo su proyecto poético.


lunes, 18 de enero de 2016

Violencia victoriana

Borramos, alisamos, unimos y recomponemos imágenes de la realidad no tal como es sino tal como nos gustaría que fuera. Hasta lo más armonioso y aparentemente normal está lleno de fisuras que nuestra mente decide no ver: la violencia y la muerte pueblan la vida humana y son grietas que señalan las contradicciones de los órdenes que construimos. Libro de arena publica un artículo que recorre la violencia y la muerte en la época victoriana a través de la literatura y algunos de sus textos y personajes más conocidos.

Por Valeria Stroman

Morir en las ficciones ambientadas, o creadas, en la época victoriana supone tener una disposición de ánimo particular para lo desbordado, violento, pasional. Implica estar dispuesto a ser un personaje que, inevitablemente, estará atravesado por ultrajes y violencias no exentos de la innovación científica. Perpetradores o víctimas, investigadores o sospechosos, todos los que habiten las ficciones de índole policial/fantástica que ocurren durante el reinado de Victoria I de Inglaterra, formarán parte de una construcción de la imagen de la muerte que no se aleja en demasía de lo fantástico, lo irracional.
El efecto en la recepción de estos personajes desbordados por la pasión violenta, se profundiza a través del contraste que los mismos generan en relación al ámbito en que se desenvuelven. Orden, asepsia, racionalidad, férrea moral y un control estricto en las diversas manifestaciones de lo humano, conforman el “ambiente vivo” en el cual aparecerán sujetos que rompen –quebrándose- con una cultura ordenada, reglada, proba, controladora, y con una incansable fe en el progreso humano a través de la ciencia y la tecnología.
Quizá no haya casualidad en el hecho de que un tal Jekyll permita a un respetuoso científico expresar pulsiones -y satisfacer necesidades-, que no debían ser posibles en el ámbito de la decorosa sociedad londinense del West end. Tampoco será casual que la venganza y el amor se extralimiten, por años y años, aún en la lejanía de los páramos gélidos de Cumbres borrascosas. Lo insólito, y siempre lindante con lo fantástico, que caracteriza a los casos que permiten al respetado detective que comparte domicilio con el Dr. Watson dejar en claro la supremacía de la razón, parecen más contundentes que la propia racionalidad con que se los descifra. Y ello tampoco resulta azaroso. En una sociedad tan reglamentada y ordenada, poco espacio queda para el azar o lo casual. Incluso los ámbitos de esparcimiento y relajación están normalizados, así como las conductas en el espacio privado.
Si Londres se configura como la expresión geográfica de la mentalidad victoriana, ciudad expandida gracias y debido al éxito de la industrialización inglesa, el barrio del Soho –con sus prostíbulos y tabernas- aparece como el espacio para la descompresión, necesario para la supervivencia del orden del próspero West End. La propia tolerancia del barrio del Soho, con sus peculiaridades, implica una reglamentación y un ordenamiento tan extenso e instaurado, que abraza aún los espacios de descomprensión y relax. De este modo, nada, nadie y nunca puede escaparse del victorianismo rígido, austero e irreal.
¿Y la muerte? Ese territorio intrínseco a la condición humana, pero sin embargo ajeno, desconocido, misterioso. La muerte y la pasión animalizada que se le acerca algunas veces, aparecen como los únicos reductos en los que escapar de un “deber ser” deshumanizante y severo. De este modo, lo más humano de los personajes que deambulan por las historias ficcionales ambientadas en la época victoriana, es su relación con la muerte.
Dar muerte o morir de manera ajena al control racional, o con una racionalidad organizada de modo que permita la expresión de las pulsiones, es lo más humano de personajes como los asesinos que persigue Sherlock Holmes, del misterioso Mr. Hyde, o del propio Heathcliff que en Cumbres borrascosas somete a Hareton a una “no vida” al mantenerlo al margen de la humanización que supone la cultura.  Así, las formas de la muerte en estas ficciones funcionan como “válvulas de escape” para una realidad agobiante y perseguidora.
La innegable popularidad del denominado primer asesino serial de la historia, “Jack, the ripper”, sugiere el interrogante acerca de si las peculiaridades de la muerte en estas ficciones configuran una “válvula de escape” o expresan una realidad que se escondía, presionándola, debajo de la alfombra de hilos dorados y pundonorosos de la cultura dominante.


*Valeria cultiva cactus y malvones en su pequeño jardín, y le cuesta controlar a los últimos. Sonríe inevitablemente mirando animalitos y conoce el nombre de todos los perros de su barrio, pero el de ningún vecino humano. Le gusta el otoño y no le gusta que le digan "Vale", aunque no sabe bien porqué ni se molesta cuando lo hacen. Adora la música y ama a Olivia y Félix, sus gatos de tres y cuatro patas respectivamente. 

viernes, 15 de enero de 2016

Un dios cotidiano

Historias de historias que siguen haciendo historia son las lecturas de los lectores que comparten con Libro de arena sus textos, sus recorridos, sus gustos e intereses. Así ocurre con Un Dios cotidiano, de David Viñas, libro que fuera editado por primera vez en 1957 y sobre el que Silvina Ocampo ya hubiera advertido a su autor respecto de los posibles reparos u obstáculos con que se encontraría cuando quisiera publicar la novela, que ella calificó de pornográfica. Más de cuatro décadas después sigue generando lectores que le dan su favor.



Por Rodrigo González Tizón 


Un dios cotidiano, de David Viñas, narra la estadía de un seminarista en un colegio de un pueblo durante la Década Infame. Las reflexiones sobre cuestiones como el compromiso político o el estatuto de lo verdadero y de lo falso, a las que se superponen una serie de cruces entre la historia local y el contexto nacional e internacional –la Guerra Civil Española–, fueron algunas de las peculiaridades que me atrajeron a la hora de elegir el libro. Lo interesante de la obra radica en su capacidad para abordar una enorme porción de nuestra historia, de la buena pero también de la mala, lo que provoca un casi automático anclaje en el lector argentino. Hay todo un trabajo marcado de análisis de nuestra identidad, de su constitución, que hacen que Viñas sea indudablemente uno de esos autores imperdibles, que hay que conocer.
Por otra parte, no puedo dejar de relacionarlo con el resto de su producción y con los trabajos de otros autores en cuya narrativa ocupan un lugar central el pensamiento en torno a lo político y las reflexiones acerca de  la condición humana como, por ejemplo, el Arlt de Los siete locos y El Juguete Rabioso o el Asís de Flores robadas en los jardines de Quilmes Los reventados.
Volviendo a Viñas, vale la pena mencionar otra de sus novelas, Cuerpo a cuerpo, la cual encarna en su escritura caótica la violencia multiforme que surcó la Argentina durante la última dictadura militar de una manera que pocos otros textos logran hacerlo. Por su contenido y su forma, este libro, que permite hilar con tantos otros, se convierte en una referencia ineludible, que no debería faltar.


Un Dios cotidiano
David Viñas
Buenos Aires, Eudeba, 2011

















* Rodrigo González Tizón: vive en Buenos Aires, es profesor de Historia, lo que explica sus gustos como lector, y además es bandonenista y fanático hincha de river.


jueves, 14 de enero de 2016

Lo que queda huérfano

¿Qué pasa cuando las cosas se quedan huérfanas?¿Adónde va a parar su dominio, su interés, su sentido? Las cosas no son más que eso: cosas. Pero el valor con que las recubrimos les infunde una suerte de ánima, de vitalidad, las hace parecidas a quienes las poseen o poseyeron. Libro de arena publica una nota referida a lo que deja la muerte tras de sí, los objetos que siguen habitando la vida de quienes despiden a sus seres queridos y se enfrentan con sus cosas.


Por Adriana Márquez*

“A veces pienso en mi viejo. O es un barco que parte o esa gente vagabunda que trae el verano o simplemente una luz en el río. Entonces me siento en la costa y pienso en mi viejo.” Así empieza “Todos los veranos”, uno de mis cuentos favoritos de Haroldo Conti. Así empieza a narrar el recuerdo del padre muerto. Y de ese mismo hilo del recuerdo han nacido infinidad de relatos. Es que el tema traspasa la literatura. La atraviesa. Los vivos narran a sus muertos y así los mantienen cerca: la palabra permanece.
Es que toda muerte deja huérfanos, me digo. Vienen nombres, títulos, frases, imágenes. Un poema de Miguel Hernández que leí en la escuela secundaria y cuyo comienzo me quedó grabado: “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.” Tan contundente, tan encierro de pena y de cariño. Tan inesperado ese “con”, cuando uno espera la seguridad de un “a” (a quien tanto quería). Pero no. El poeta señala el dolor de no tener ya más a un compañero con quien se quería. Y pienso que eso es literatura. Esa preposición inesperada es literatura. Ese decir inesperado es literatura. Esa muerte que dicha así se vuelve única, universal, recordable. 
Es que toda muerte deja huérfanos, me repito, y pienso también en los silenciosos, los sin voz: los objetos, las prendas de vestir, los libros, las anotaciones. Los sin voz que nos acompañan durante toda la vida. Cuando no estamos, quedan solos. Y se muestra la verdadera naturaleza de las cosas que nos rodean: nunca fueron nuestras. Se trata de una pertenencia corta, momentánea, efímera, casi una ilusión. En realidad, configuran una maqueta de nuestra existencia que, a veces, es deseada por otros, como en “La larga y dolorosa muerte”, cuento de Claire Keegan en el que la casa del escritor muerto Heinrich Böll es anhelada al punto de ser el motivo de disputa entre una joven escritora que la ha alquilado y un visitante inesperado que no pudo hacerlo. La casa del escritor muerto (con la “famosa ventana” de su estudio, desde la que se ve el mar) se vuelve un amuleto que enmarca el anhelo de un sitio donde el arte pueda suceder, donde pintar, escribir, componer estén casi garantizados. Sólo por haber pertenecido a un artista. Como si un halo quedara flotando entre sus cosas y pudiera ser aprehendido, casi inhalado si se permanece cerca.
Lo que siempre dejan los muertos son recuerdos. Mientras trata de decidir qué hacer con los objetos de su padre, la narradora de El lugar del padre (novela de Ángela Pradelli) tiene que lidiar con los recuerdos ligados a ellos. Así, un pañuelo de seda que ha empezado a ser comido por las polillas, un sobretodo con el que ella ahora se calienta por las noches, una pila de diarios viejos, bolsas de alpiste, libros del ferrocarril, un diccionario, remedios se vuelven acompañantes en el duelo pero también reclaman, en silencio: ¿qué será de nosotros? ¿qué harás con nosotros? Y la protagonista se pregunta: ¿debo hacer algo con ellos? En ese caso, ¿qué?
Resolver sobre las pertenencias de los muertos es tomar decisiones por ellos. Así, la trágica muerte de su novia pone al protagonista de la novela Plaza Irlanda, de Eduardo Muslip, en situación de tener que decidir sobre la ropa ya sin dueña. Muslip describe sutilmente las distintas emociones que surgen del acto mínimo y a la vez profundo y conmovedor de encontrarles nueva dueña: irritación, disgusto, rechazo. Aceptación, por fin: la aceptación de que las prendas huérfanas en realidad tendrán un futuro más amable: “Por el contrario, es como que llegará para la ropa de Helena un momento de liberación. Es que nunca recibió un buen trato. (…) Un guardiacárcel miraría a los presos con más simpatía.”
En la orfandad de las cosas se advierte el hueco, la ausencia. Narrar su nuevo presente es preguntarse por la muerte, siempre dura, siempre golpe fatal, pero también parece ser un indagar en el futuro. Un nuevo futuro. Eso advierte el protagonista de Plaza Irlanda: “Sus objetos son como planetas cuyo sol desaparece y no pueden girar más a su alrededor. Supongo que morirse puede verse así, no poseer más la facultad para hacer que personas y objetos giren alrededor de uno. Todo lo que nos rodea se dispersa y pasará a formar parte de otros sistemas. La ropa irá hacia otros cuerpos, los amigos descubrirán nuevas afinidades.”


*Adriana Márquez: es Licenciada en Letras, docente del Taller de lectura y escritura en la materia Semiología (CBC - UBA). Publicó el libro de relatos De paso (2013, Editorial Simurg). Dicta talleres literarios.